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¿Nos daña el exceso de realidad en tiempos digitales?

31/08/2026
 Actualizado a 31/08/2026
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Adiós a todo eso, adiós a agosto. Si es que ha merecido la pena. Los días azules y aquel sol de la infancia quedan demasiado lejos. Como escribimos alguna vez aquí, agosto ya no se muestra como un mes maravillosamente hueco y vacío, un mes que podíamos utilizar para ser felices. Agosto, como todo el calendario, está hoy profusamente poblado de sucesos, de palabras, de discursos, de amenazas, de tinieblas. Termina hoy el mes que antes amábamos y a estas horas tenemos en los labios una sensación amarga: ¿no estamos agotados a causa de todo este ruido y toda esta furia que nos ha acompañado en las cuatro últimas semanas? ¿No ha sido agosto un mes más en esta carrera brutal por mantenernos en alerta permanente, por sembrar el temor y el miedo, por obligarnos a malgastar nuestras vidas?

Hoy decimos adiós al mes que un día nos permitió estar fuera del mundo y en unas horas apenas nos zambulliremos en el próximo, el mes de las uvas dulces, el mes que inexorablemente nos devolverá a una realidad muy desprestigiada. La realidad es un incordio, casi siempre incómoda y áspera. Pero el mundo cibernético nos ha enseñado a evitarla, a tunearla, nuestros mundos digitales nos prometen no tocar la realidad más de lo necesario (y no digamos la inteligencia artificial, que pretende construirnos mundos a medida, novelas a medida, imágenes a medida, respuestas a medida).

Nos hemos ido despojando de la realidad real, tan insufrible, la hemos sustituido por construcciones del ciberespacio, por los inventos de la tecnología, porque los hechos físicos, tangibles, empezaron a herirnos. La realidad nos resulta poco moderna, excesivamente real y corpórea, frente a las construcciones imaginarias y soñadas, y frente a los relatos de la política, que suelen alimentarse de su propia sintaxis, que canibalizan otros relatos, hasta lograr la historia interminable. Pero que no terminan de abrazar lo hechos. Que orillan a menudo la realidad real, ese gran incordio, para perderse en discusiones bizantinas, en la verborrea de este nuevo siglo.

Mucho me temo que la realidad ha vuelto, por más que intentamos no tomarla en serio, por más que hemos preferido que no saliera a nuestro paso. Hace décadas que empezamos a filtrar la realidad a través de las pantallas, cada vez más nítidas y con colores más puros, pero esas pantallas, en las que anidó el amor y la fantasía, son, en estos tiempos cargados de urgencias, las transmisoras de las catástrofes y las tragedias. La fascinación por lo terrible, el deslumbramiento de lo inesperado, ha existido siempre, desde el principio de los tiempos. Pero no existía una sensación de globalidad, no había manera de conocer el terror del mundo, sólo las tragedias más cercanas. Hoy asistimos a los males del mundo en tiempo real, con toda su nitidez, con todos los detalles, aunque eso no implica que los consideremos como algo propio. Hay una atracción irresistible en la contemplación de la catástrofe, que solíamos juzgar lejana.

Así, la riada del Nepal, con esos segundos brutales difíciles de olvidar, ilustró los titulares de todos los informativos, desde luego por la trascendencia de la tragedia, eso sin la menor duda, pero también por la fuerza comunicativa (visual) que transmitía aquel suceso breve y cruel, abrumadoramente cargado de realidad. La riada contenía lo que se puede considerar en términos de la modernidad un exceso de realidad, terrible para los que la sufrieron, para los que la vivieron en sus carnes, pero sublimado por el espectador lejano y ajeno (aunque lo cierto es que nada humano nos debería resultar ajeno). De alguna forma, ese vídeo breve y terrible fue clasificado en la misma categoría de esos otros vídeos, a menudo sobre desastres naturales o accidentes extraños, que surten las redes y que alimentan algunos programas adictos a mostrar las catástrofes.

Que los males de la naturaleza, y otros males, se asociaran habitualmente al llamado Tercer Mundo tenía que ver, claro, con esa sensación de seguridad total que hemos tenido siempre en occidente. Y con la mencionada prepotencia, que nunca nos falta. Ahora, el Primer Mundo empieza a experimentar episodios que consideraba más bien de otras latitudes. Ya no sirve de nada el filtro protector o separador de las pantallas, porque lo cierto es que la realidad ha vuelto. La realidad está ya al otro lado de la ventana del salón. El mundo desarrollado odia el exceso de realidad que le recuerda que es humano y frágil, lo que le provoca una gran incomodidad.

Esto es lo que hemos llamado aquí en otras ocasiones ‘la costumbre del mal’. El mal que siempre aparece, que normalmente consideramos que afecta a los otros, y que digerimos mal en las sociedades modernas, aunque lo contemplamos en las pantallas. La costumbre del mal ha sido asumida, al menos aparentemente, por ciertas sociedades sometidas sin cesar al conflicto y al trauma. Y también nosotros, como espectadores, tendemos a contemplar esos conflictos más o menos lejanos como ‘una costumbre’, algo que se repite y que, al parecer, no se puede evitar. Al verlo así, pierde su dramatismo y simplemente se suma a los relatos numerosos sobre las catástrofes diversas, y a los vídeos más terribles del día. Y es algo que se olvida con gran rapidez. Una expresión asociada a esta es la acuñada por Hannah Arendt, ‘la banalidad del mal’, en la que se descubre el mal como una rutina, junto al seguimiento acrítico y ciego de la autoridad, aunque sea muy dañina para la sociedad. Algunos liderazgos globales actuales son así.

Esta sociedad desarrollada en la que vivimos, acostumbrada a filtrarlo todo a través de las pantallas, y, ahora, a través de las redes sociales, que lo resisten casi todo, se sorprende cuando la realidad se desborda a nuestro lado. ¿Hemos perdido el hábito de entender la realidad real, a fuerza de evitarla e ignorarla? Quizás lo que este verano ha sucedido en Ceuta sea un ejemplo muy útil para comprenderlo. El entramado de discursos políticos interesados, las construcciones ideológicas y el laberinto habitual de los relatos que intentan sortear los hechos físicos, parecen no ser capaces de manejar ese exceso de realidad real para nuestro mundo. La inmigración, como los conflictos bélicos y los traumas, viene cargada de situaciones personales en las que la realidad se desborda con toda su presencia física y su gran fuerza corpórea, como sucede en un desastre natural: la realidad donde el hambre y la pobreza se imponen a todos los discursos. Nuestro mundo digital y cibernético parece tener problemas para manejar un exceso de realidad real que ya no podremos evitar, sea por desastres humanos o climáticos, así que de nada servirá parapetarse tras las pantallas y tras los relatos. Creo que sólo volver a la dimensión humana puede salvarnos. Pero parece que, en este mismo instante, vamos justo en la dirección contraria.

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