Una cosa que me tiene alucinado desde siempre es el sentido de la orientación que tienen los yanquis en sus películas y series de televisión. Imaginaos la escena: un coche de policía camuflado haciendo imaginaria frente a un almacén enorme en el que se supone que están los malos; ¡es de noche!, y esperan la llegada de un camión con farlopa o con diamantes, da lo mismo. En un momento, se prepara la de San Quintín y los maderos que están en el coche avisan por radio a sus compañeros: «¡Atención!, han llegado; vamos a entrar por la puerta sur». ¿Cómo demonios sabes dónde está el sur, el norte, el este o el oeste si no tienen ningún punto de referencia? Unos genios, vamos, y más para uno (el que suscribe), que una vez, hace muchas lunas, la preparó hasta casi llegar a discutir a puñetazos con sus colegas en la ladera de Bodón porfiando que el norte estaba, justamente, donde está el sur...; ya os conté en alguna otra ocasión que yo me pierdo siempre, sobre todo cuando estoy en un paraje o en una ciudad nueva y me ha venido de perlas hacerlo, porque así conozco barrios o andurriales a los que ni loco iría en condiciones normales, y qué, además, suelen ser los más bonitos y los más auténticos. A ver: confundirse en León, en Salamanca o en Huelva es casi imposible, porque en media hora te haces idea de por dónde van los tiros, pero es facilísimo hacerlo en Madrid, en Valencia o en Zaragoza: son tan enormes que, quieras que no, te haces un lío a la primera, a la segunda y a la tercera, con lo que llegas a la conclusión que dónde mejor estoy es en Vegas, en Boñar o en León. Cuando leáis estas líneas, ya habrá pasado el famoso eclipse, ese que si hubiera sucedido en la Edad Media hubiera vuelto locos a todos los terrícolas, porque avecinaba catástrofes sin cuento, casi el Armagedón, el fin del mundo. Hoy, gracias a los científicos, lo vemos como una mera anécdota, un suceso natural que tiene una explicación lógica y racional..., un aburrimiento, vamos. A Tales de Mileto no le mataron sus compatriotas de milagro cuando anunció uno igual que el actual quinientos años antes de Cristo, y mira que era listo el pollo. Quiero decir que hay que poner siempre las cosas en su perspectiva histórica: lo que a ellos les parecía un seceso extraordinario, a nosotros casi nos resbala. Lo mismo podríamos afirmar de la esclavitud, de las brujas o de las guerras de religión: un sin Dios, lo mires como lo mires. Lo que de verdad me tiene en un sin vivir es ver, un día sí y otro también, que los que mandan en este desquiciado mundo sí han perdido el norte de una manera absoluta, y eso que ellos tienen todos los datos para no hacerlo. Y que sean tan estúpidos de no comprender la grave situación que estamos viviendo en todo el mundo merced al cambio de ciclo en el clima del planeta y las pocas (o ninguna), soluciones que aportan para solucionarlo. El Danubio está sin agua, los incendios devastan toda cuenca mediterránea, incluso a Francia, y la gente muere a mansalva en olas de calor infernales o por un frío siberiano contra el cual no tenemos herramientas para soportarlo. Pero la vida sigue...; España ha ganado el Mundial de fútbol, las playas están llenas de gente que se tuesta como San Lorenzo en el fuego del martirio y el eclipse llena las conversaciones de las barras de todos los bares de España; y yo, desde mi paraíso en el Porma, disfruto de un verde veraniego que ya quisieran para sí los irlandeses. Porque desde el Puente Villarente hasta el puerto de San Isidro, el color de los hijos de San Patricio es el amo, el rey del paisaje, el señor del horizonte. En pocos sitios de España, incluidas Asturias o Cantabria, pueden disfrutar del color de la vida como aquí..., y esperemos que dure. Si estos mendrugos de pan pasado comprendiesen qué es lo importante y que lo prescindible, seríamos mucho más felices. Y no tengo más que decir. Salud y anarquía.
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