Se suponía que estos días el cielo ofrecería el mejor espectáculo de las Perseidas, esa lluvia ocasional de cascajos cósmicos que enciende la noche con estrellas tan fugaces como nuestros deseos. Este año no será posible. “Nos han robado el verano”, clamaban unos vecinos de Madrid agobiados por esta ola de calor interminable que obliga a permanecer encerrados en casa y preludia veranos futuros vueltos inhabitables en buena parte de nuestro país. El cambio climático convierte ya en refugiados a multitud de ciudadanos. Y a otros en víctimas. Los incendios que barren la provincia nos recuerdan también que nadie está a salvo de un golpe de calor, una sequía angustiosa, una dana catastrófica, la destrucción y muerte a causa de las llamas sin control... Nuestra tierra está cambiando y ya cumplen más de medio siglo los avisos de que España lleva la peor parte. Sin embargo, parece importar poco. Y no será por pruebas, dramáticas pruebas.
Que la mayoría de los incendios se provocan, que hay muchas veces intereses personales y económicos tras ellos no es novedad. Que cada vez son más peligrosos e incontrolables no debería serlo. Que es necesaria mayor vigilancia, preparación, medios y constancia tampoco. Que los voluntarios y esforzadísimos habitantes afectados no deberían dejarse la piel y a veces la vida en intentar detenerlos también es una evidencia, pero ¿quién no lo haría si su casa, sus animales, su vida ardieran?
A estas alturas y a falta de evaluar lo sucedido con cifras, plazos, medidas y responsabilidades, resulta diáfano que han faltado medios y coordinación, lo rebata quien lo rebata; que muy poco se ha hecho desde hace años salvo, en ocasiones, reducirlos. Que se haya abrasado un enclave tan querido y el único Patrimonio Mundial de la provincia solo refrenda el desbarajuste que, desde su nominación y antes, ha sido la gestión de Las Médulas. Solo el fuego podía dañarlo -bicis de montaña aparte- y así ha sido. Mientras tanto, el partido que gobierna estas regiones desde (casi) siempre y que rebaja impuestos a la mínima oportunidad, reduce medios, externaliza y subcontrata a la baja en cualquier dependencia y servicio público, también en este caso. Luego siempre habrá una cabeza de turco para tapar absentismos y negligencias. Una cabeza de turco ajena, por descontado. Hace tres años ardía la Sierra de la Culebra y las consecuencias no dieron ni para aquellos ridículos festivales de la ultraderecha. En las siguientes elecciones volvió a ganar allí el partido político cuya responsabilidad había sido que ese incendio no hubiera llegado a tanto. Tal vez eso explique en cierta medida que la historia se haya repetido y a estos gobernantes les importe bien poco cómo, dónde y por qué.