Imagen Marina Díez

El «no todos los hombres» y otras formas de cambiar el foco

12/09/2026
 Actualizado a 12/09/2026
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Cada vez que una mujer habla de desigualdad, de violencia o de desgaste relacional, hay una frase que aparece casi de inmediato, como un reflejo: «no todos los hombres». Suele ir acompañada de un tono defensivo, a veces conciliador, a veces airado. Y casi siempre cumple la misma función: desplazar el centro del debate.

Conviene decirlo desde el principio: es cierto, no todos los hombres. Nadie está afirmando lo contrario. Pero esa aclaración, en ese momento concreto, no aporta información nueva. Lo que hace es cambiar el foco: del problema estructural a la susceptibilidad individual.

Cuando se habla de patrones —de cómo se reparten los cuidados, de quién renuncia más, de quién asume la carga emocional— no se está señalando a personas concretas, sino describiendo tendencias sociales. Responder con «no todos los hombres» equivale a decir «yo no», como si el análisis quedara invalidado por una excepción.

Es una estrategia eficaz porque apela a algo comprensible: nadie quiere sentirse acusado. El problema es que nadie está acusando, sino analizando. Y convertir ese análisis en un ataque personal permite esquivar la conversación incómoda: la de los privilegios, las expectativas aprendidas y las responsabilidades colectivas.

Este movimiento suele venir acompañado de otros. «También hay mujeres así.» «Eso pasa en todas partes.» «Hay de todo.» Frases que, siendo ciertas en lo literal, funcionan como anestesia del debate. Diluyen el conflicto hasta hacerlo irrelevante. Si todo ocurre por igual, no hay nada que revisar.

Pero la realidad es menos simétrica de lo que esas frases sugieren. Si fuera cierto que «hay de todo» en la misma proporción, no encontraríamos los mismos datos repitiéndose una y otra vez: mujeres reduciendo jornada, mujeres asumiendo cuidados, mujeres agotadas por la gestión emocional del hogar, mujeres saliendo de relaciones donde dan más de lo que reciben. La estadística existe precisamente para distinguir entre anécdota y patrón.

El «no todos los hombres» también cumple otra función: recuperar la centralidad masculina en una conversación que no iba de eso. De pronto, el foco ya no está en la experiencia narrada, sino en tranquilizar al interlocutor masculino, en aclararle que no se le está atacando. La energía se desplaza. La pregunta cambia. El problema se difumina.

No es casual que esta reacción aparezca con tanta frecuencia. Hablar de desigualdad implica hablar de poder, aunque sea de forma indirecta. Y cuando el poder se siente interpelado, incluso suavemente, la defensa se activa. No siempre como agresión; a veces como victimismo, otras como ofensa anticipada.

Hay una diferencia importante entre discrepar y desviar. Discrepar sería aportar datos, matices, experiencias que completen el análisis. Desviar es responder a una estructura con una identidad. Es pedir que la conversación se adapte a la comodidad de quien no estaba en el centro del problema.

Aceptar que existen patrones no convierte a nadie en culpable. Pero negarlos sí impide cualquier avance. Porque si cada vez que se nombra una desigualdad hay que detenerse a repetir que no todos, que no siempre, que no tú, la conversación nunca llega a lo esencial.

Quizá la pregunta más honesta no sea si todos los hombres son así, sino qué parte de ese modelo nos atraviesa a cada cual y qué estamos dispuestos a revisar. El feminismo no pide culpables individuales; pide responsabilidad colectiva. Y eso, aunque incomode, es una invitación, no un ataque.

Tal vez, la próxima vez que aparezca el impulso de decir «no todos los hombres», podamos probar otra cosa: escuchar el argumento completo y preguntarnos qué señala. No para defendernos, sino para entender. Porque solo así el foco se mantiene donde importa y la conversación puede avanzar.
 

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