29/10/2025
 Actualizado a 29/10/2025
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Si arbitrar un partido de fútbol es ya un ejercicio de valentía, hacerlo sabiendo que te pueden crucificar en la prensa local por presuntos fallos roza el heroísmo. Un periodista, aunque no lo parezca, del diario centenario publicó bajo el título «Atraco arbitral en Ponferrada» un compendio de ofensas y faltas de respeto a tres jóvenes árbitros -uno de ellos menor de edad-  a los que decidió convertir en villanos públicos. Aquí, en realidad, el verdadero atraco ha sido a la decencia profesional. 

Transformar errores en un espectáculo mediático no es periodismo: es hostigamiento. Los colegiados de ligas provinciales y regionales no son máquinas infalibles; son jóvenes en proceso de formación -al igual que los jugadores con los que comparten terreno de juego- que invierten su tiempo en disfrutar de una pasión. Que fallen es inevitable. Lo que no lo es, es que se conviertan en objeto de burla pública o que un periodista contribuya a un clima de desprecio hacia esos que son imprescindibles para que nuestro hijo, el próximo Mbappé, pueda seguir dando patadas a un balón los domingos.

No todo vale. Es lamentable recurrir a un altavoz para cargar contra tres jóvenes, con sus nombres y apellidos, acusarlos de casi «provocar un altercado público en toda regla» y hasta tomarte la licencia de invitarlos a «abandonar esta labor tan bonita y vinculada con el deporte como es el arbitraje si piensan continuar por una línea que va más allá de una mala tarde o pitar horrorosamente un partido con premeditación y casi alevosía». ¿Esto es una publicación en prensa o un padre rabiado en un bar? La crítica es inevitable; la humillación, no. Señalar errores para mejorar es útil; ridiculizarlos para soltar rabia es miserable. El odio que promueve la noticia (por llamarlo de alguna manera) enseña a los jóvenes que equivocarse tiene un precio público y denigrante. ¿Qué chaval va a querer meterse a arbitrar partidos con este panorama tan asqueroso?

Dice la parte más filosófica del texto que «la mal llamada imparcialidad arbitral se está llevando por delante muchas ilusiones de los chicos que se entusiasman por hacer realidad sus objetivos y sueños futboleros cada fin de semana. Chavales que huyen de otros pasatiempos menos recomendables a unas edades en las que el deporte se convierte en la válvula de escape ideal para dar rienda suelta a sus preferencias para convertir el fin de semana en su particular estado de bienestar». Porque claro, los jóvenes que se visten de un color distinto y llevan silbato y tarjetas no van ilusionados a un pueblo a perseguir sus objetivos y sueños futboleros y, sin embargo, tienen que soportar insultos y hasta agresiones físicas.

No, no todo vale, ni en un campo de fútbol ni en un medio de comunicación. La libertad de prensa no es licencia para el linchamiento. Un día el próximo Mbappé se quedará sin jugar porque nadie querrá ser árbitro. Y ahí pediremos perdón.

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