Ahora que llega el buen tiempo y los primeros coletazos de la Semana Santa ya se hacen visibles en la ciudad; en unos días tan anhelados como aborrecidos, como queriendo demostrarnos que la polarización va más allá de la política, si es que no lo es todo ya. Cuando se cumplen cincuenta años del último golpe de estado en Argentina –no fue el primero–, a unos cuantos meses del quincuagésimo aniversario de la muerte del dictador de por aquí –no fue el primero–, parece que no hemos aprendido nada.
La insensatez no la disipan ni los libros de historia, ni las tertualias sesudas ni la razón –¿a cuánto la tienes?–. Tampoco la ‘Operación Masacre’ de Rodolfo Walsh –asesinado– ni el realismo mágico de Gabo ni de David Uclés. Ni el teatro de Lorca –paseado– ni los versos de Miguel Hernández –condenado a muerte–. Ni los cuentos inquietantes de Cortázar, escritos desde la inquietud que acecha al estar tan lejos del hogar. Ni siquiera, aún en vida, el ‘Exilio’ de Clara Obligado –obligada a emigrar– ni ‘La casa de los espíritus’ que habita la literatura de Isabel Allende –familiar exiliada de un asesinado–.
Nada de eso importa cuando en el Congreso hay quien entona un «no a la guerra» apostillado. Cuando estamos más preocupados por los detalles escabrosos de la vida dolorosa de Noelia Castillo, por la equívoca rodilla de Mbappé y por la subida de precio de la gasolina que por la gente que, cada día, sufre o muere en Irán. Y en Gaza. Y en Ucrania. Y en Líbano. Y en Sudán, Myanmar, el Sahel, Yemen y tantos otros lugares que son lejanos a la carta. Cuando, algo más cerca, un grupo de falangistas decide irrumpir por la fuerza en una facultad sembrando un cultivo tácito de violencia. Cuando aquí mismo pegan una paliza a una mujer por ser transexual. Nada de eso importa en unos tiempos en que podríamos saberlo todo y hemos decidido saber, sobre todo, lo que no importa nada. En unos días en los que no sabemos nada de aquello que lo importa todo.
Ahora que llega el buen tiempo, estos párrafos lucen grises porque a veces me duele el mundo tanto como la cabeza. Y, entre tanto ‘dije’ y ‘digo’ y entre tanto ‘cuando dije digo, digo Diego’, me temo que yo no tengo nada que decir. Ya lo dijeron ellos –Walsh, Cortázar, Lorca, Miguel Hernández–, pero nosotros, desde la perspectiva engañosa que concede el tiempo, no les hemos hecho el suficiente caso.