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No severos, muy severos

17/11/2021
 Actualizado a 17/11/2021
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Domingo. Tarde de domingo. Regreso a Madrid. En el viaje se suceden tramos de niebla con los de la luz magnánima de un sol seguro de sí mismo que nada tiene ya que demostrar. Emociona la belleza sencilla de las grandes extensiones de tierra, como una niña recién peinada. Mis domingos están llenos de regresos, es decir, de despedidas, hasta el punto de que domingo, despedida y regreso vienen a ser una misma palabra: morriña. Hoy, además, no hay fútbol en la radio, que me suele consolar como el circo a los romanos y esta ausencia de goles entraña el peligro de que los pensamientos se suelten de la mano y quieran correr por las planicies. «No te sueltes tampoco donde tanto te gusta, en las praderas».

En esta vaguedad de ser y no ser al mismo tiempo, me fijo en un letrero de tráfico que no me encaja. La carretera de La Coruña ha dejado de ser la N VI que siempre fue, para llamarse ahora la N6. Se empieza por quitar el Latín de los planes de estudios y se acaba cambiando los nombres de las vías. Pronto no quedarán relojes con números romanos. Melancolía.

El Latín, la ausencia del Latín, la pérdida, me recuerda una entrevista reciente que le hicieron a Riccardo Muti, uno de los más grandes directores de orquesta. Decía que estaba cansado de la vida. Preguntado por qué, respondía, porque ya no se reconocía en este mundo de ahora. Al insistir el periodista, esta fue su respuesta: «Porque tuve la suerte de crecer en la década de 1950, de asistir a la escuela secundaria en Molfetta, con profesores no severos, muy severos. Recuerdo una pregunta en latín en la escuela secundaria. El profesor me preguntó: ‘Pluit aqua’; ¿qué caso es aqua? En lugar de ablativo, respondí: nominativo. Me agarró de las orejas y me sacudió como una cuerda de campana. Gracias a ese profesor, nunca más me equivoqué en una cita en latín. Hoy lo arrestarían. Por supuesto, estoy contra el castigo corporal, pero echo en falta la seriedad».

El pensamiento para decidir y la voluntad para llevar a cabo es lo que nos hace humanos. Despreciar las Humanidades y el valor del esfuerzo en las leyes educativas nos llevará no a un mundo que no reconozcamos, a no reconocernos nosotros, a no saber siquiera quiénes somos.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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