Cosa grave y que nos debe causar vergüenza ésta del terrorismo machista y doméstico al que, sin embargo, la sociedad –tranquilizada la conciencia con anuncios y delegada la responsabilidad en el gobierno de turno– parece secretamente acostumbrada. Acaso se piense que ese terror, esa sangre, esos asesinatos, jamás nos van a tocar ni de cerca, ¡buenos somos nosotros! Mas, ¡cuidado!, es un terror tan silencioso, tan increíble, tan bien disimulado, tan ‘“civilizado’ –¿quién lo iba a decir? Se les veía tan bien. Parecían tan normales– y afecta tanto a la estima de quienes lo sufren día sí, día también –¿quién podrá olvidar el primer golpe, el primer desprecio, el primer agravio?– que acaso hasta por cariño mal entendido la víctima lo esté ocultando, se lo esté ocultando, nos lo esté ocultando. ¡Ay, esa obligación de felicidad, cuanta amargura produce! Es preciso preguntar a la primera duda, por más que nos turbe incluso pensarlo. Nunca sobra un, ¿estás bien?; un, ¿todo va bien?; un, ¿estás contenta, te trata bien? Dicen tanto los silencios y las miradas.
¿Qué sucedería en este país, si a estas alturas del año, llevásemos el mismo número de políticos, de banqueros, de clérigos de una u otra confesión, de jueces o policías asesinados?, ¿qué si esa cifra hubiese sido de hombres asesinados a manos de mujeres? Preciso pensarlo, seguro sería caso de emergencia nacional y estaríamos en la calle con un ¡basta ya! ¡Ni una más! ¡Ni una menos! Sin embargo, ya ven, en las mayoría de la prensa, de los medios, se sigue diciendo que las víctimas, las mujeres, mueren. Y no, no se mueren, son a-se-si-na-das. ¡Ojo! El lenguaje disfraza la realidad.
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