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No les robéis las palabras primeras

07/02/2026
 Actualizado a 07/02/2026
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Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando. Palabras que la poeta Violeta Parra enseñaba. Palabras «que siento y declaro» y otras desde la gratitud a una vida que se desplegaba ante sus sentidos con la inocencia de las promesas del enamorado atento. «Gracias a la vida que me ha dado tanto». Así yo distingo lo negro del blanco y el fondo estrellado en un alto cielo, además de mirar al hombre que amo envuelto entre las multitudes. 

Eran las palabras primeras: el abecedario de la noche y el día, y el curso de las horas arroyo que transcurre lento cuando eres niño y te queda mundo por recorrerlo entero con los trémulos pasos del que estrena la vida balbuceando con la novedad natural del que peina, descuidado, los primeros rayos de la mañana. Los pies, las playas y los desiertos, la casa, las nubes , y el sol alumbrando. La cuna y la cama y el beso esperado del padre tierno. Amor que cocinó sus promesas en el horno lento de leña avivada con el esmero y paciencia de lo que merece esperar. Desperezar lento. Como la violeta tímida que asoma suave en la primavera incipiente antes de que la noche pueda devorarla.

Palabras primeras que en nuestra infancia empiezan a caminar tímidas en el balcón de los labios tempranos cuando comenzamos, entregados, a aprender de nuestros cuidadores prendados por el vínculo afectivo. Palabras fraguadas desde el esmero artesanal del latido holgado de los días tempranos. Descubrir desde la pausa del que intuye pero sin extirpar la sorpresa a la luz de pantallas ruines que arruinan la infancia en redes telas de araña que devoran.

Sin amputar la inocencia. 

Como le pasó a Marina. A los diez años. Cuando un día se asomo a una red social en el móvil de su madre.

Y el cauce de su río limpio se vio invadido por la turbulencia de unas imágenes de carcoma y rayo. Se asomó a una red digital en la que se enredó su infancia. Dejándola lágrimas de roca y rayo. Y la ponzoña en el corazón violado. 

Mamá la mira. Marina está desolada. Anonadada. Por lo que vio. Escuchó. Puñal que le quebró el estómago con miedo y asco. 

¿Qué te pasa hija? Un día se lo cuenta. «Surgió sin querer y no pude dejar de mirar». Y las dos lloran con la tristeza de la que perdió piedra preciosa y canto en llanto. 

Sus ojos se enredaron en el pantano caudaloso de la prostitución de miradas tiernas. 

Dejad que los niños se alejen de allí. No es la red quien debe llevarles la inocencia.

Dejad que les siga acunando la luz, pero no de la pantalla, sino del sol de la vida silvestre. La que asoma entre los mimos tiernos de una madre cuyas manos acarician recordándole al oído, el contacto tierno de las palabras primeras. 

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