Es un parterre desértico, a excepción de un rincón donde crece un tímido manojo de pensamientos morados. Sobre la tierra, clavado, un cartel en difusos trazos rojos, reza: ‘no regar’. Han debido hacer caso omiso de la advertencia, porque las florecinas aquí están. Parece que alguien ha estado cuidando de ellas. En derredor crece cuidado césped al pie de alguna que otra palmera. Un jardín más, de no ser porque se encuentra en el recinto de un centro penitenciario al que solo trabajadores, familiares, amigos, y algún interno con algo más de libertad, pueden acceder.
Camino con los familiares que dialogan con naturalidad.
Todo parece normal, salvo esos barrotes de hierro que chirrían indolentes al desplazarse. Es ecuador entre la prisión y la libertad. Entre su mundo y el nuestro.
A mi lado una pareja con su nieta bromea. «Le diré a Juan que no habéis venido», dice ella. A lo que su abuelo responde. «Él sabe que estamos aquí».
En el interior, algunos internos de la Unidad Terapéutica Educativa nos esperan. Pertenecen a un grupo escogido en el que se ha confiado. Gracias a un puñado de profesionales soñadores que creen en la terapia y la educación y que han decidido que a estas personas merece la pena ayudarlas. Más de un a vez habrán escuchado al resto decir: «¡Estáis como regaderas! Esos no se rehabilitan».
Pero ellos sí creen en la reinserción. La han visto.
Locutorio dos. En breve entrará el hombre que fue mi alumno. El del esfuerzo titánico contra viento y marea; pese a una familia complicada, un pasado tendencioso, y un entorno implacablemente hostil donde el dinero y la droga son el único idioma entendido por todos. Y todos sus delitos, de índole económica, giran en torno a esa locura de enganche y destrucción.
Seguramente ninguno de los que viven ahí dentro se haya llevado las joyas de la corona de ningún museo francés, ni participado en tramas de corrupción política y económica alguna. Están lejos de una élite protegida. Esa suele ir a otro tipo de centros.
Por fin llega. Como niño con zapatos nuevos... «¡Ey, amiga!». Me saluda, airoso, con la mano. En menos de un mes tendrá su primer permiso de una semana. Después de años sin disfrutarlo. Estará, tutelado, con gente que le quiere. Le pido al cielo que no se reencuentre con quienes le arrastraron a este lugar.
Con la amplia sonrisa que nace de estar ganando una dura batalla, me dice que confía en el futuro. Adivino sus pensamientos encontrados de miedo, incertidumbre y expectación.
Si ellos son los últimos, por eso necesitan riego y atención.
Porque todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad. Y todo desierto tiene su oasis.
Ese cartel de ahí fuera. No regar. Deberían quitarlo.