Javier Cuesta

No íbamos a caber todos

11/07/2025
 Actualizado a 11/07/2025
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Hubo dos muy divertidos mantras en la pandemia, a) que saldríamos mejores de aquello, y b) que volveríamos al pueblo, como las mariposas a la luz. Ja, ja, ja. En cuanto al primero, acabada la reclusión, otra vez como antes: nada de respeto ni modales ni buena educación ni estornudo en el antebrazo ni usted primero por favor. Sobrevivimos a un virus para seguir matándonos por otros medios. Bien, ahora reflexionemos sobre el segundo.

Muchos intuimos, sin ser sociólogos, que no sería así, ni movimiento rural ni neorural. Que la gente tiene una configuración mental urbanita, de asfalto y escaparate, y ya no va al pueblo ni a buscar setas, casi ni a la fiesta patronal; cada vez menos. Que está interiorizada la cultura del ocio y del consumo, de la terraza-avistadero y del gran centro comercial, y ni siquiera en las cabeceras de comarca encuentran el suficiente atractivo. Como mucho iremos a trabajar a diario, si tenemos que ganar allí el garbanzo; o a una ruta de senderismo por donde haya cerca un merendero, el sábado; o a cualquier feria postiza atrapa/incautos, el domingo. Y para de contar y vuelta a los cantos de sirena de la ciudad. Entonces, ¿lo del Covid?, pues un espejismo, porque para que hubiera sido un fenómeno serio de regreso (convertir en permanente la población flotante vinculada a los pueblos) debería haber cambiado la mentalidad, algo que nunca ocurrió.

En el mundo rural no hay médico, ni escuela ni tienda de ultramarinos ni cine ni misa dominical ni bares (ni pardales, según Ful; aunque los cabrones que quedan deben estar todos comiendo el trigo a las gallinas de Manín) Así, la gente no va al pueblo. Y como la gente no va, pues no hay médico, ni escuela, (…) ni bares. Ese maldito círculo vicioso. El antídoto contra la tendencia a la concentración en las grandes urbes no existe; incluso los inmigrantes se quedan allí, aunque sea en guetos en la periferia. El mito del regreso migratorio es falso, salvo excepciones pintorescas que por eso son noticia. No es fatalidad, no es pesimismo, es lo que hay y lo digo con pena, hasta con rabia, ojalá me equivoque y haya un éxodo mañana. Hoy por hoy, la tierra, el campo, lo rural es un mundo antiguo que agoniza.

No hay paisaje emocional ni retorno bucólico que valga, por ahora. Para explicar de dónde es uno (de donde nace o pace o estudió bachillerato o…) añado una teoría, personal pero contrastada: uno es de donde se despellejó las rodillas jugando de niño. Pues bien, después que los abuelos faltan, por la vieja y abandonada casa familiar los hijos y nietos no asoman ni por asomo, ni a quitar las goteras. Para las nuevas generaciones no existen raíces, ni nostalgia o recuerdos. El mundo ahora circula por otros caminos. El consuelo de los que todavía tenemos arraigo en un pueblín es que estamos en una edad en la que tampoco necesitamos visitas importunas; cuando escuchamos eso de que la gente no va al pueblo, siempre pensamos, a) ellos se lo pierden, y b) menos bulto, más claridad. O viceversa. Dicho todo esto, voy hasta Veneros que tenemos (ha)cendera.

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