Cristina flantains

No hay lazo social más fuerte que el respeto (Byung-Chul Han)

29/07/2026
 Actualizado a 29/07/2026
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Otra vez el fuego. Sé que mi zona antes o después arderá. Que tendremos que pagar ese peaje, como tantas zonas rurales, para transitar por este camino de codicia y analfabetismo que hemos construido, unas veces por acción y otras por omisión, y que nos conduce al desastre; de esto último ya no hay duda.

Es insoportable tener esta certeza y no poder hacer nada. Solo queda fijar en la memoria cada detalle del paisaje verde. Acordarnos del antes para vivir en el después como lo hacen los moradores de las tinieblas mientras esperan y no su justa sentencia.

Y contemplar la frivolidad de nuestros gobernantes con esa sumisión perruna tan denigrante y bochornosa que nos despoja de cualquier merecimiento. Despreocupadas totalmente de saber cuál es la verdad, nuestra única estrategia es el insulto, pero sin saber a quién ni por qué. Entramos en un juego de odio y desprecio por el prójimo, garrafal.

Qué rabia nos anima y de dónde viene.

Aquí, en mi localidad, cuando entre el fuego, si no es que empieza dentro en una de las veredas de la carretera que dan acceso al pueblo, donde las avenas resecas llegan hasta la cintura, lo hará por el suroeste, oeste, noroeste. Llegará con un importante bagaje de kilómetros ardidos. Conoceremos la furia y el horror en primera persona.

Y mientras esperamos a que el desastre se consume, nos reunimos con cierta frecuencia para hablar de ello y repasar algunas acciones concretas y muy básicas, revisar que las bocas de incendio estén expeditas y repasar el poco material que tenemos y que hemos ido recopilando a lo largo de los años. Tenemos claro que nuestra única opción es defender el pueblo porque, si conseguimos no tener que irnos, podremos salvaguardar mejor nuestra tierra, aunque esté quemada, arrasada.

A estas alturas de la película no queda más remedio que pensar que el abandono institucional al que la España rural se ve sometida es una mezcla de desidia de nuestros gobernantes aprovechada por las grandes corporaciones. La estrategia de estos grandes hombres de negocio pasa, sin demasiada dificultad, por aprovecharse y alimentar la mala praxis de gestión del territorio. La estrategia del desalojo no es una teoría baladí; ya la vivimos en los años 60 con el éxodo rural: mano de obra barata para las ciudades, consumidores sumisos y hectáreas y hectáreas vacías a su disposición.

Ahora que estábamos volviendo: además, quemadas.

¿Que se nos queman los pueblos y los paisajes y nos tenemos que ir? ¿Dónde está el problema? Tanta codicia apesta. Esto implica que hemos sido traicionadas por nuestros propios gobernantes. No han sabido defender los intereses de sus gentes; solo saben defender la mano del amo.

Así que, vaciada la democracia de contenido en aras de estos grandes señores de los negocios, hemos reducido el sistema a mero aparato a favor de una descomposición de la estructura social que beneficia la no distribución de la riqueza. La política y los políticos han dejado de ser esa clase social sobre la que reposa la buena gobernanza de una sociedad y se han convertido en meros acreedores del poder, o del espejismo del poder. Los parlamentos no son más que escenarios de autopromoción de estos personajillos decadentes y avariciosos. El aparato está corrompido hasta la médula y nosotras con él.

Que vengan Nerón y lo diga con su lira, lo mucho que le dolió ver arder a Roma.

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