Cada cierto tiempo, cuando se habla de feminismo, aparece una frase que intenta poner punto final a la conversación: “esto es una guerra de sexos”. Se dice con cansancio, a veces con enfado, como si nombrar la desigualdad fuera ya una declaración de hostilidades.
Pero quizá el error esté en el diagnóstico.
Lo que estamos viviendo no es una guerra entre hombres y mujeres. Es algo menos épico y más profundo: el agotamiento de un contrato social antiguo que durante mucho tiempo organizó los vínculos, los cuidados y las expectativas. Un contrato que repartía funciones de forma desigual y que hoy ya no se sostiene sin fricción.
Durante décadas —siglos, en realidad—, ese contrato fue claro. Las mujeres cuidaban, sostenían, adaptaban su vida a la de otros. Los hombres proveían, decidían, ocupaban el espacio público. No siempre fue así en todos los casos, pero fue lo suficientemente general como para convertirse en norma. Y muchas cosas funcionaron porque alguien pagaba un precio silencioso. Ese precio empieza ahora a ser nombrado. Y cuando se nombra, incomoda.
Lo que se interpreta como ataque no es más que retirada. Retirada de la sobrecarga. Retirada de la renuncia automática. Retirada de la idea de que amar implica desaparecer un poco. No hay guerra en eso; hay límite. Y poner límites siempre tensiona los acuerdos antiguos. Este proceso genera desconcierto, especialmente entre quienes no fueron educados para revisarse. Porque el contrato anterior no exigía demasiada negociación: cada cual sabía lo que se esperaba de él o de ella. El nuevo escenario, en cambio, obliga a hablar, a repartir, a escuchar, a ceder. Obliga a construir en lugar de heredar.
De ahí el ruido. De ahí la nostalgia de un pasado “más claro”. De ahí también la tentación de caricaturizar el feminismo como odio, como exageración o como amenaza. Es más fácil pensar que alguien te ataca que aceptar que el suelo bajo los pies ha cambiado.
Pero no todo cambio es pérdida. Muchas de las tensiones actuales nacen de una oportunidad que aún no hemos aprendido a nombrar bien: la posibilidad de vínculos más justos, menos basados en el sacrificio unilateral y más en la corresponsabilidad. La posibilidad de que nadie tenga que sostener solo lo que es de todos. La posibilidad de amar sin deberse.
El feminismo no propone invertir la jerarquía ni repartir culpas. Propone revisar reglas que dejaron de servir. Y eso no es una guerra; es un ajuste necesario. Como ocurre siempre que una sociedad madura y deja atrás acuerdos que ya no encajan con la vida real.
Quizá dentro de unos años miremos este momento con menos dramatismo. Tal vez entendamos que no era una ruptura, sino una transición. Que no se trataba de hombres contra mujeres, sino de personas aprendiendo a relacionarse sin guiones heredados.
Cerrar esta serie de verano no es cerrar un debate. Es abrir una conversación más adulta. Una en la que podamos disentir sin descalificar, revisar sin miedo y aceptar que los contratos sociales, como las personas, necesitan actualizarse para no volverse injustos. No es una guerra de sexos. Es el final de un acuerdo que ya no funcionaba.
Y el principio —todavía torpe, todavía incómodo— de otro que está por escribirse.
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