Tal vez fue solo un instante, uno de esos guiños que separan lo real del holograma, pero durante milésimas de segundo, no supe si estaba en la gala de los premios Goya o en el Botillo de Bembibre. Digo milésimas porque cuando tocó coger aire,la ubicación quedó someramente clara. Pero ojo que la estampa a pintar dejaba abierto el camino a pensar en la pantalla grande, y había quien lo estaba haciendo desde la contraprogramación no estudiada. Goya y Botillo se mezclaban en el tiempo y se igualaban en glamour. Ya lo auguraba el alcalde de Bembibre al aplaudir la gala gastronómica. Ese hechizo visual no cede en cada botillada, aunque íntimamente, sea desarmar la cuna del protagonista. No tiene etiqueta el producto, hasta es «feo», decía el regidor, aunque mejora con falda de repollo y wonderbra de patata. Es rural de nacimiento, porque lo pare una muerte de cerdo alevosa. Y el bautismo es meter carne en una tripa, lo mismo que pasa en su fin. Todo aderezado por un sentimiento de familia remangada que otrora marcaba fechas en el calendario y era cita obligada para nutrir la despensa durante todo el año. Hoy es un recuerdo nostálgico a mantener.El botillo es eso y no una platea televisiva exclusiva para el tacón alto,el vestido de noche o la pajarita estrecha. Pero si tiene que maquillarse para hacerse «cosmonauta», saquemos las pinturas, porque si antes llenaba la nevera berciana, ahora puede echar vuelo y hacer las américas. Coger el AVE no, que eso es otro cantar...
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