Recuerdan el título de la hermosa novela de mi admirado Terenci Moix que describía la visión del mundo de una poderosa y grandiosa Cleopatra? Igual nos sentimos los españoles y todos los seguidores de La Roja el pasado domingo 19 de julio cuando la selección española venció, dominó y sometió a la temida selección argentina.
Ya no podemos decir que fue un sueño. Lo lograron, lo logramos. Fue terrible la tensión, la lucha, contra una albiceleste que jugó de un modo sucio, con el nulo apoyo de la FIFA y sus normas y arbitrajes, soportando ataques de ira, y una defensa numantina, porque ataques a puerta no hubo, no se puede decir que Unai Simón acabase precisamente estresado, todo lo contrario que el portero argentino, el Dibu Martínez, que paró como un jabato veintidós tiros a puerta aproximadamente.
Lloró Messi, para ser un genio se despidió como un soldado raso. Nos dieron la espalda, nos anularon dos goles. Pero vencimos. Era imposible no hacerlo con ese juego elegante y decidido de quienes han venido a ganar y no se rinden. Gracias Ferrán, Nico, Simón, Cucurella, Porro, Cubarsí, Rodri, Laporte, Pedri, Fabián, Merino, Lamine, Oyarzábal…
Esta es la España que quiero, la que nos merecemos, a la que aspiramos cada día. La Roja nos ha devuelto la fe y la memoria. La España que trabaja unida, la España diversa que se une y crece ante la adversidad, la España que nutre de valores a quienes la observan. Digamos NO a la España corrupta, a la España polarizada y manipulada por intereses personales y económicos. Basta.
Suenen clarines de victoria allá donde sonaron este domingo, con las plazas de Barcelona, Madrid, Bilbao, Sevilla, León y toda España ardiendo de felicidad. En la victoria y en la derrota, permanezcamos unidos, sinónimo de invencibles.
Como dijo el poeta griego Kavafis: «Sobre todo no te engañes, no digas que fue un sueño, que fue error de tu oído. Nunca aceptes tan vanas esperanzas».
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