Relativizar es la clave para dar un paso más. Si te quedas parada en el mensaje del dolor más de dos vueltas completas de cerebro, corres el peligro de quedarte ahí, y lo peor de encallar es que la inactividad hará que el punto negro engorde y se estire hasta teñir de oscuro todo tu destino. Pasar de largo es casi una necesidad, igual que comer chocolate en estadios leves de depresión, pero el ‘qué más da’ debe activarse sí o sí cuando llegas al llanto, al grito, o al puñetazo en la mesa. Este 11-Mhe querido obligarme a compartir la necesidad de manejar el lema de la relatividad, pero, por primera vez, me he quedado en la rabia. Imposible salir de ella al ver ahogado a un pez de colores con nombre de niño o al recoger las lágrimas resecas de 14 años de lamento de 193 familias que aún no pueden coger un tren porque el sonido de su beso a los raíles les recuerda al lamento de los violines en un funeral injusto. Y si fuera el calendario el culpable, con borrar días estaría el problema resuelto, pero volvemos al recuerdo cada 365. Y la semana pesa, porque se ha ido Dani el de La Destilería, que siempre compartía sonrisas y pinchos a partes iguales desde el otro lado del mostrador, ahora partido en dos, y porque el primer alcalde de la democracia en Ponferrada y de los pocos que quedaba enamorado de verdad de una rosa roja, Celso López Gavela también se ha subido a la barca. Soportar pasa por relativizar, aunque no da igual, nunca da igual, y menos cuando el fin lo escribe alguien sin permiso.
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