Tanto el amor como la guerra afloran con una declaración. Ahí está la declaración de amor que se le brinda estos días a figuras como Fernando Ónega o Raúl del Pozo, que se han ido demasiado pronto, por mayores que fueran, y en poco tiempo, como si estuvieran de acuerdo para poner fin a su hartazgo por la declaración de guerra del cada vez menos noble oficio de juntar letras a su forma de entenderlo, tan alejada del ruido y el frentismo como próxima a la coherencia y la sensatez.
Una declaración de amor a dos grandes de la columna, el comentario y la tertulia que les habría llegado sólo por su veteranía, pero que ha salido reforzada por su cordura y su capacidad de pensar en tiempos revueltos, en tiempos de declaración de guerra a cualquiera que disienta de la verdad que cada uno tiene en su cabeza.
Tristemente, el periodismo ha seguido el ejemplo de la política y ha levantado un muro similar al anunciado hace dos años por el presidente de esta nuestra vieja y maltrecha piel de toro contra quienes no piensan como él. Tristemente, la sociedad ha seguido el ejemplo de quienes les representan y de quienes deberían controlar su labor y no convertirse en abogados defensores o fiscales en el juicio a quienes están a uno u otro lado del muro.
Esta especie de chiringuitos en la que se han convertido las tertulias políticas de la tele –cada vez se parecen más a las del programa deportivo de por las noches– necesitan declarar la guerra a todas horas para mantener su idilio con una audiencia que sólo quiere escuchar a quien le da la razón o embiste sin contemplaciones a quien trata de quitársela. Una audiencia que mayoritariamente ha renunciado a leer cualquier texto que supere la extensión de un tuit y que pone la radio de fondo mientras hace otras mil cosas, por lo que carece de elementos de juicio que le permitan cambiar de opinión o darse cuenta que la razón no asiste siempre a quienes gozan de su confianza en las urnas.
No había apenas sitio para Fernando Ónega o Raúl del Pozo en esta forma de entender el cada vez menos noble oficio de juntar letras. Sí lo habría para Paco Umbral, que tenía más vanidad y mala hostia o que siempre quería hablar de su libro, algo que les encanta a los gestores de la cosa pública y a sus hinchadas periodísticas. Un claro ejemplo lo vimos en el último debate de los candidatos a la presidencia de este nuestro engendro autonómico, en el que Mañueco ignoraba los problemas de quienes lo habitamos y repetía una y otra vez lo bien que gestiona los servicios públicos y la cantidad de suelo industrial que está desarrollando, Pollán sólo hablaba de lo malos que son los extranjeros a los que debemos el repunte del padrón y Martínez era una churrera de promesas que sabe que no va a poder ni siquiera tratar de cumplir.
Si Fernando Ónega estuviera aún aquí, le habría dicho al socialista que el «puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez llegó con las encuestas de cara y en una época en la que la palabra tenía mucho más valor que ahora. Y si Raúl del Pozo estuviera aún aquí, ya les habría colgado el teléfono a los tres.