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No cabe el encerado en sus ojos

18/10/2025
 Actualizado a 18/10/2025
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Pese a no conocer el idioma en el que a él me dirijo,  sus ojos urgen con una  profundidad que emana  de su  azul intenso. Se atisba en ellos un mar de inmensidad donde flotan y lloran  los conflictos del mundo: Sudán, Somalia, Rusia ,  Ucrania, Yemen,  Israel, Palestina, Tailandia, India, Pakistán, Irán, y la tierra que le vio partir: Siria. De un lugar muy cercano a Damasco, a la que llaman ciudad del jazmín,  una de las urbes   habitadas  más antiguas del mundo. 

Una inmensidad azul turquesa de la  que emana un ansia de recuperación. El niño, mirando al encerado mientras escribo,  abre los ojos  con  tal desproporción,  que se palpa el anhelo de resucitar bajo una sonrisa de dignidad que se resiste a someterse al dictado de otros. Los que decidieron echarle de su casa con sus torpedos. Derruir su hogar  y el  de sus hermanos a golpe de fogonazo. Niños agradecidos que dan las gracias a la policía cuando les explico el significado de esta palabra. “Nos ha tratado muy bien en España, profesora”. Vete a saber las humillaciones que les habrán caído de camino aquí. Es inevitable pensar en ello. Los que serán nuestros médicos, nuestros maestros, los educadores sociales y profesionales del cuidado mañana. Darán lo que reciban. 

El niño permanece atento al encerado. Mira las palabras. La suya es una  vida que se escribe y reescribe a cada paso. Como un péndulo que oscila implacable de un lado a otro en movimientos repetitivos como la historia, que no debe seguir repitiendo lo esperado. La barbarie autoritaria del pasado que quieren desenterrar. Quizá porque hayan olvidado el dolor de las familias que vieron sepultados a los suyos. Y olvidar es volver a matar en cierto modo, porque como dijo el filósofo George Santayana “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. ¿No pueden, o no quieren?. 

Aquel ridículo bigote aliado con la esvástica  que pretendía erradicar al pobre diferente bajo el pretexto de lograr una raza aria. No pueden volver los vientos que huelen al polvo quemado de los confiscados en guetos de muerte. No pueden deportar a los que solo quieren vivir. Y los que confiscan, deportan, y cierran puertas son los mismos. Los guardianes de la limpieza étnica.

Y vuelvo a mirarle a los ojos. El anhelo de todo profesor. Porque se sienta en primera fila, porque no desperdicia ni un solo minuto para no perderse ni un ápice de conocimiento. Sabe que ahí está su futuro en esta tierra. La que ganará con su esfuerzo y la mirada limpia y agradecida. Esperanza azul sobre fondo verde.

Limpio el encerado, para seguir escribiendo su historia. 
 

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