El niño y Baltasar

08/01/2026
 Actualizado a 08/01/2026
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En mi casa siempre hemos sido de los Reyes Magos. Mi madre se encargó de que Melchor, Gaspar y Baltasar siempre hicieran parada en nuestra puerta, mientras que Papá Noel no era más que un producto de la televisión. No había chimenea en casa y, claro, la vieja caldera de carbón no le servía al hombre. En cambio, los camellos y los del oro y la mirra eran para mí el incienso de la Navidad. Cuando era pequeño, cada 6 de enero despertaba antes que mi hermana mayor –que ya conocía la bendita identidad de los de Oriente– y corría a su habitación para sacarla de la cama y llevarla al salón, no sin antes haber comprobado por mí mismo que la magia había vuelto a hacer de las suyas. Que allí, junto al árbol y una de mis zapatillas, habían aparecido durante la noche los regalos con los que tanto soñé. Los que tanta ilusión me provocaban la noche previa. Los que despertaban emociones ancestrales, íntimas y fantasiosas en la mente de un niño atolondrado por tanta fábula obtenida de la literatura. Somos lo que leemos, lo que escuchamos de niños antes de ir a dormir. Y, aquella noche, podíamos creer cualquier cosa. 

Años después de todos los momentos irrepetibles de los 2000, creí haber perdido buena parte de la ilusión, afectado por la adolescencia, la banalidad juvenil y la superficialidad que a veces acompaña a la construcción del ego. Pero algo de todo aquello permanecía por ahí, transformándose. Algo tan grandioso como misterioso, que ha vuelto a despertar, reflejado en los ojos de la siguiente generación, que provocan toda una explosión emocional al cruzarse con mi mente ya instalada en los primeros años de madurez afectiva y personal. Años en los que la noche de Reyes se está revelando como mágica, aún más que antes, al retratar con acierto que lo que queremos en la vida es mucho más simple, instintivo, profundo y pasional de lo que a veces creemos o mostramos a los demás . 

Ahora somos a la vez aquel niño y los Reyes Magos. Y disfrutamos de la cabalgata con la ilusión de un crío que observa sin prejuicios ni mala fe, para luego atesorar en la memoria, sin prisa, tanto la preparación como el disfrute de la auténtica magia que llega con el amanecer. Porque así es como se mantiene vivas la ilusión y también nuestros sueños. Porque así es como Baltasar enseña al niño que la familia es el principio y el fin.  

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