Yo venía a hablar de un tren. Uno pequeño que cruza la tierra donde nací, allí donde la vida y las vías son estrechas, con traviesas de madera, amapolas entre ellas y pequeños apeaderos con relojes analógicos, aliados de la locomotora que viene bufando entre montañas, arrastrando los vagones traseros y sumando minutos de retraso, con la complicidad de los relojes atrasados.
En esa estación estaba cuando otro tren pasó a velocidad de vértigo, nos desbarató a todos y nos trasladó, sin salir de casa, hasta unas vías tan rectas como retorcidas, anudando vida y muerte entre un caótico amasijo de hierros. Y entre todo ello, una historia de esas pequeñitas, de las que a mí me gustan para aferrarme a ellas cuando algo se me hace inabarcable. Me molestó un poco que dijeran tu nombre. Prefería no saberlo para poder inventármelo, porque las heroínas deben ser fantasía. Me bastaba con saber que tienes 6 años y venías de ver a Simba. Que te habías quitado el abrigo y los zapatos porque te ataban a alguna parte. Que saliste por un agujero muy pequeño que daba a la vida y que allá afuera, tenías frio. Qué puede producir más desamparo que una niña sola deambulando por unas vías, rodeada de muerte y caos, en un anochecer de enero. Cómo ibas a saber que un país entero estábamos dándote la mano sin verte, reprimiendo las lágrimas y las ganas de ir en tu busca para abrazarte. Abrazarte hasta exprimir lo que habías visto y oído, hasta dejarte los ojos y oídos limpios de nuevo.
Resulta difícil hablar de lo ocurrido sin decir nada que pueda hacer daño. Es otro caso en que se debe escribir de puntillas, sin apenas rozar las palabras, no vayan a abrirse las heridas. Hay que usar hilo de seda y trenzar la historia con tanto mimo y dificultad como un encaje de bolillos. Hay que buscar la voz más blanca para que solo una garganta grite por cada uno de ellos y por nosotros. Y los ojos más limpios para llorarlo todo.
No puede contarse nada individualmente porque todo hizo masa cuando el tiempo se rompió en las vías y la noche se tendió sobre ellos. Todo era negro y metálico. Todo menos una niña descalza. Una Simba recién huérfana, caminando sin saber adónde iba, que su familia había muerto, ni lo sola que estaba.
Queda prohibido morir cualquier tarde de domingo, de cualquier enero, y menos aún, en un descampado, que están esperando los lunes al sol y la oficina, y los patios, los nietos y las croquetas de la abuela. Aquel no era el momento ni el lugar. No aparecía en los billetes como parada, ni origen, ni destino de ningún pasajero. No puede acabar la vida en una fiesta de guardar y con la noche posándose en las vías, en un lugar sin nombre, ni estación, ni apeadero. Aquel punto solo era para cruzarlo, llevando el día vivido como equipaje, para volcarlo encima de la cama y volver a disfrutarlo en la intimidad de sus casas. Pero la tragedia hizo público el contenido de sus mochilas, desparramando por el suelo la algarabía de un partido de futbol y la banda sonora del Rey León.
Da igual el tiempo que pase. En un lugar llamado Adamuz, en un tramo de vía recta en la que se retorcieron vida y muerte, quedaron pegados para siempre los ecos de hierro y llanto. Y sobre todo, quedó pegado el silencio ensordecedor de los que no se despidieron. Siempre estará ahí Nati, la abuela traviesa, la que llevó a sus nietos a Madrid, a ver el Rey León y se quedó en su memoria para siempre, en el papel de Rey Mufasa, como ejemplo de vida para ellos. Y se nos hicieron amigos Pablo, que conducía el destino de todos con tan solo 28 años. Y Samuel el policía, en continuo vuelo entre Córdoba y Madrid, teniendo como origen y destino el trabajo y un bebé de dieciocho meses. Se nos hizo familiar Jesús el cardiólogo, los opositores con la incertidumbre en el bolsillo y los que perdieron el tren, ganando la vida.
O los dos últimos aparecidos, en asientos contiguos, aliviándonos al pensar que no se sintieron solos.
Y tantos otros que no podemos nombrar porque, adaptando un poco la letra de la canción, aquel día las palomas se fueron todas juntas dentro de un vagón, mientras se rompía un anochecer y estallaba la vida en las vías de Adamuz.
Necesitamos las mantas que el pueblo reunió, para templar ánimos y caldear ambientes, que está haciendo demasiado frío en todas las vías y en todos los trenes. Hay que amparar a la niña descalza y sin abrigo. Que alguien se ocupe de que no oiga palabras de rencor, que sepa que ha sufrido un accidente, no un atentado.
Que sea arropada con las mantas de la buena gente y no sienta deseos de venganza a su alrededor, que eso sí que es gélido. Todas las rosas para Cristina, la niña que se arrancó el abrigo y los zapatos y escapó por un pequeño agujero que daba a la vida, porque conoció el infierno y, al verlo, supo que aquel no era su sitio.
Un silencio, un rezo al dios de cada uno y una canción por todos ellos, especialmente para la familia de nuestro vecino José María, cuyo funeral será hoy en la iglesia de Trobajo del Camino.