El colofón a cuanto sucede en el mundo que nos envuelve lo describió a la perfección la historiadora y psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco. Ella acuñó el término «Yo soberano», que va, a nuestro entender, mucho más allá del egoísmo o del individualismo fáciles de observar en quienes nos rodean, incluso en nosotros mismos. No, describe algo aún más grave: el nihilismo. La pérdida de todo valor, idea sólida u horizonte diáfano es lo que nos ha llevado a la nada, a la negación y a la sinrazón. Es en ese caldo donde se cuecen las ideologías reaccionarias, las políticas necias y los usos retrógrados. Sólo se salva el Yo.
Ahora bien, hay un yo nihilista y hay un yo totalitario, es decir, su opuesto.
Hay un yo que niega y hay un yo enfrente que aspira a la totalidad. En los terrenos de la desigualdad que tanto hemos denunciado aquí, posiblemente ésta sea la mayor de todas y sobre la que se apoyan las demás.
Porque es más que desigualdad, es apropiación, es poder y es control. Para unos, los absolutistas, evidentemente, mientras que para los otros, los feligreses de la nada, es simple rendición bajo la supuesta salvación del yo: ¡vivan las cadenas!
Sea como sea, los dos yoes se consideran, sí, soberanos, en particular ante el otro, los otros, la otredad, que se valora como un inconveniente para mi libertad.
De ahí el rechazo de la ley, de la norma, de la costumbre, del uso, del confinamiento, de la prohibición, de la regulación, de las balizas de emergencia, de las vacunas, del Estado. En suma, yo soy la diversidad llevada a su mayor expresión y no admito ningún tipo de límite, razón o hecho objetivo. La subjetividad como reino.
¿Qué hacer entonces ante todo esto? Para empezar, contarlo, escribirlo suponiendo que va a ser leído, generar discusión, contraste de ideas, confiando en que se haga algo de claridad en medio de la niebla de la nada. Ya el refrán nos advierte de que no hay más ciego que el que no quiere ver. Bueno, todo eso y cruzar los dedos. ¡Viva el vino!