10/04/2026
 Actualizado a 10/04/2026
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En casa de mi madre buscaba el sábado una aguja. Al no encontrarla, le pregunté. «Mira ahí detrás, en ese nido». «¿Cómo nido?». «Sí, donde están las lanas». 

Hacía mucho tiempo que no oía la palabra nido aplicada a esos rincones de la casa en los que ponemos esos objetos a los que no encontramos sitio y que, a tenor de lo que dijo después, denota dejadez y desorden. «Antes estaba muy mal visto. Fulanita –omito nombre– se prodigaba de no tener nidos en casa. Yo no los tenía por la sencilla razón de que antes no había nada y cuando se compraba una cosa era para sustituirla por otra. Además, lo guardaba en el baúl. Así siempre estaba todo despejado y en orden». 

Las palabras, a veces, hacen contacto con nosotros y se quedan prendidas de una costura de nuestro pensamiento como si quisieran decirnos algo. Me pregunté si al margen del argot doméstico, local, la palabra nido se empleaba también con ese mismo sentido despectivo de abandono. El diccionario leonés de J. Le Men menciona en su acepción 4 un conjunto abigarrado de objetos desechados y en desorden. Y el Diccionario de la Lengua Española –RAE– en su acepción 9 alude al lugar donde se juntan personas, animales o cosas despreciables. No conforme con ello, seguí investigando e inquirí a personas de mi confianza. Me dijeron que nido también se usaba para designar el lugar secreto donde guardamos los ahorros o esos dulces o golosinas reservados para días señalados que, de ser descubiertos, constituyen todo un hallazgo. 

Reconozco que vivo rodeada de nidos. El nido de los bolsos amontonados en las tripas del sinfonier, el nido de los apuntes olvidados en un cajón de la librería, el nido de los cuadros que, retirados de las paredes, descansan en una esquina del dormitorio, el nido de los hilos, ese totum revolutum en el que es imposible encontrar nada ni aun tirando de la hebra, manifestaciones sin duda del mal llamado Síndrome de Diógenes, habida cuenta de que el austero anciano vivía en una tinaja. Entono el mea culpa y reconozco que mis nidos tienen que ver con una imposibilidad personal de deshacerme de objetos, asociada a un estado mental de confusión, poca claridad o eso que hoy llamamos ruido visual. Lo peor de todo es que, a fuerza de acumular, últimamente no encuentro lo que busco. 

Visualizo un nido sobre mi cabeza. Como esos que se encuentran en los tejados de los silos que tanto me gustan, en los que se afanan y crotoran las cigüeñas, auténticas reinas de los cielos. Bien pensado no está mal vivir rodeada de pájaros que con sus trinos nos distraigan de la dura realidad. Así que, definitivamente, asumo mis nidos y piso tierra, descubriendo a mis pies una ramita salida de quién sabe dónde.

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