Dicen que Margarita era una mujer de armas tomar. Que fue camionera durante 30 años, pero hace una década lo dejó todo para cuidar a su hijo. El cáncer se llevó al mismo tiempo al hijo y el fruto del trabajo de toda su vida. Desde entonces, la mujer de armas tomar anidó en su velero convertido en casa, atracado en el puerto de Las Palmas, de donde fue desahuciada esta semana por la autoridad portuaria, alegando que el barco no cumplía las condiciones de seguridad necesarias para ella. Vimos a una mujer derrotada, arrancada a la fuerza de su hogar, mientras sus vecinos, que también utilizan sus veleros como vivienda, gritan «Vergüenza» y cuentan el acoso que sufren y su temor a correr la misma suerte, porque rumores de privatizar el puerto sobrevuelan sobre ellos. Parecía demasiado humana esa preocupación por las condiciones en las que vivía Margarita con sus 71 años. Unos días antes vimos una escena similar. El desahucio, por problemas burocráticos, de un hombre que usaba su roulotte como vivienda. Son insignificancias que vemos a diario y no parecen noticia, si no le quitas la cáscara y ves la deshumanización que esconde dentro. Con qué facilidad dejan a personas sin techo, cuando se estaban conformando con vivir a cubierto, sin molestar a nadie. Me recuerda aquel juego infantil de palmotear en el desván para que las golondrinas salieran en desbandada, como los desahuciados de Badalona, pero ellas tenían cobijo en los nidos del alero.
Conté hace tiempo la retahíla titulada La llave de la casa: La casa está en la plaza. En la casa hay un cuarto. Dentro del cuarto hay un piso. Encima del piso hay una mesa. Sobre la mesa hay una jaula y dentro de la jaula hay un loro que canta y dice: loro en jaula, jaula en mesa, mesa en piso, piso en cuarto, cuarto en casa, casa en la plaza. Esta es la llave de la casa. Lo conté cuando fue noticia una cola de 200 personas para ver un local que, por tener toma de agua y luz, lo alquilaban como vivienda. Y cómo se alquilaban trasteros y hasta el hueco debajo de una escalera, que una cama y una nevera transformaban en hogar. Bastaron un par de años para que las palabras local y nevera conviertan esas noticias en lujo. Cuando parecía que el deterioro de la vivienda no podía ir a más, fue a muchísimo más. El local se redujo a un cuarto, la nevera, el sofá y el baño pasaron a ser comunitarios. Eso fue antes de que el salón también desapareciera, mutando en otro dormitorio para un inquilino más. Y aún resultan generosos los que mantienen el baño en el interior de la casa y no han recurrido a un baño colectivo en el rellano de la escalera, común a todo el edificio. Algo que, dada la involución sin frenos y cuesta abajo en que vivimos, volveremos a ver, como ya lo vimos en las películas en blanco y negro. Un baño para todo el edificio, el recuerdo más extraño de mi primer viaje a París, hace 50 años.
La vida reducida a un cuarto, o cuarto y mitad si es con baño, según las medidas de la abuela. Hasta aquí nos han traído, mientras nos cuentan cómo nos han facilitado las cosas, con lavandería debajo de casa y comida precocinada en cualquier establecimiento del barrio. Para qué va a necesitar un fogón, un fregadero o una nevera y qué falta le hace una cocina a nadie. Y para qué, un salón con sofá y mantita de cuadros o un butacón en el que enroscarse con el niño colgado al cuello, discutiendo en familia qué programa ver. Qué falta hace la intimidad de un baño donde asearte, con patos amarillos en la bañera. O el armario del rellano, donde la abuela tiene doblada la vida entera. O esa cómoda del pasillo en la que el nacimiento comparte espacio con las agujas y ovillos de tejer siestas y con la libreta de teléfonos de los ya ausentes, recetas de Arguiñano y la fecha de una consulta a la que tenía que acudir hará dos décadas. Y qué falta hace el rincón de la salita y el cortinón granate, tan espeso que se convertía en noche por un rato, para que el abuelo cabecease y después negara haber dormido. Qué falta hace.
Han tapiado el derecho a la vivienda con unos precios mucho más altos que los salarios. Hablan de suelo edificable, alquileres turísticos y especuladores comprando edificios por racimos, mientras les permiten jugar con el derecho básico de tener una vivienda digna, un techo para dormir sin miedo a que te desahucien mañana. Y les permiten convertir un hogar en cinco zulos con puerta, cinco vidas independientes, entre cuatro paredes maestras. Cinco jaulas para vivir, con una misma llave para entrar en casa y pagando cada uno de ellos como si disfrutara de una vivienda. Y se habla del descenso alarmante de la natalidad, que ya alcanza mínimos históricos, sin saberse el motivo.
Sí. Hasta que aprendamos a volar y anidar en los aleros, para que la natalidad regrese, necesitamos una casa, por humilde y vieja que sea, como aquella a la que cantaba Rafael Amor, con cocina para cenar en familia, pasillo para gatear los niños y «un rosal despeinado sobre la cansada frente de su fachada…».