Últimamente, varias personas me han dicho que estoy muy «cañero» en esta columna con los leoneses, incluso de cuando en cuando me llegan quejas de algunos de éstos que consideran que «me meto demasiado con León», como si yo lo hiciera por gusto, pero cada vez me convenzo más de que soy demasiado suave con mis paisanos, cuya resignación y falta de espíritu rayan ya con la estolidez social. Que una provincia que día tras día ve cómo merma su población por falta de oportunidades, que contempla sin decir ni mu cómo la ningunean desde el gobierno central y desde el autonómico, que asiste a una postergación histórica mientras otras cobran protagonismo con menos mérito, que permite sin alzar la voz que le esquilmen sus riquezas, ya sean sus jóvenes o sus materias primas, y que todo eso suceda ante la indiferencia de sus habitantes, tan animosos para criticar al prójimo o al que se manifiesta por ellos con razón o no, mueve a la desolación y, en ocasiones, a la reacción airada, como a mí me sucede cada vez más. Y es que, vista desde León, la incapacidad de respuesta de la provincia es penosa, pero observada desde fuera directamente no se comprende ¿Qué más le puede pasar a León, qué más le pueden hacer a sus habitantes desde Madrid o desde Bruselas, qué más oprobios y abusos involuntarios o voluntarios han de cometer con ellos para que se echen a la calle a protestar como hacen por mucho menos en otras provincias? ¿O es que León está mejor que Navarra, que capitanea el ranking de las manifestaciones? ¿O es que los leoneses viven tan bien como los tinerfeños, con los que encabezan la lista de los más ‘pacíficos’? Y, sin embargo, ahí siguen, con el tambor, marcando el paso en Semana Santa y tomando vinos, resignados a su suerte y sin gutir, porque ni para protestar valen ya, qué pena.
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