Hace dos semanas, el Tío Ful publicó en estas mismas páginas un artículo dónde explicaba quién era uno de los periodistas más damnificados por la campaña que ha llevado a cabo Florentino Pérez, desde hace muchos años, contra los medios de comunicación. Resultó que el propio nació en estas tierras, en el Porma, y que se llama Óscar Campillo, antiguo director del Marca, la referencia editorial más importante de los deportes en España. Logro echarlo del citado medio, a él y a Santiago Segurola, porque su línea editorial no le convencía ni poco ni nada. La cosa ha llegado a tal extremo que también ha conseguido cerrar un digital deportivo que había creado de la nada Campillo. Todo el artículo de Fulgencio resultó esclarecedor y ameno, como siempre, aunque metió la pata un mucho cuando aclaraba que el de Lugán era del Athletic, y, para recalcarlo venía a decir que «en el pecado lleva la penitencia»...
Y por ahí no, querido amigo. Ser del Bilbao es un lujo que sólo está al alcance de mentes despejadas y privilegiadas. Ser del Madrid o del Barcelona es facilísimo; viene a ser como nadar a favor de la corriente. Ser, en cambio, del Athletic Club es una vocación, un alarde incapaz de comprender por alguien que no sienta esos colores. Jugar solamente con chavales que hayan nacido en Euskadi, en Iparralde o en Navarra, te corta las alas antes de empezar cada competición. Ya sé que hay mucho cabrón que se mete con los negros que juegan en nuestro equipo comparándolos con los que juegan en el Real Madrid. Este hecho, sin embargo, es una bendición, una apertura de la mente, habitualmente cerrada de los racistas del PNV, los «dueños» desde siempre del club, porque les enseña a comprender de una vez, y espero que para siempre, que vasco es el que nade en Euskadi, procedan de dónde procedan sus ancestros..., creo que todos sabéis el mote que ponían estos campeones de la libertad a los que emigraban a Bilbao, a Vitoria o a guipuchilandia...: los llamaban «maquetos», algo del todo despectivo...
En leonés lo resumimos con un dicho o refrán que me viene al pelo: la yegua es de dónde pace, no de dónde nace. Los padres de Iñaki y de Niko Williams dejaron su país buscando una vida mejor y la encontraron en el País Vasco, dónde nacieron sus chavales que, por lo tanto, tienen todo el derecho a defender esa camiseta, cosa que, por cierto, han demostrado que merecen hacer a lo largo de toda su carrera..., bueno, menos este año.
España, gracias a la inmigración, es un crisol de razas, como ha sido siempre a lo largo de la historia. Somos un país de aluvión, una macedonia, un sambayón de culturas que nos ha hecho como somos, nos guste o no. Y nosotros, en América, hicimos lo mismo: juntarnos con los indios, con los negros, para crear una raza cósmica, irrepetible. Creamos (como nos había sucedido antes en la península), el mestizaje. Seguimos a rajatabla el dicho de que «valen más dos tetas que cien carretas»...; sin embargo, los ingleses, los franceses, los yanquis, incluso los chinos o los japoneses, sólo follaban entre ellos porque consideraban a los nativos de las tierras que conquistaban poco menos que animales.
Por todo lo explicado, me alegro de que cinco negros nacidos en Euskadi jueguen en el club de mis amores. Y que en la selección española la estrella sea un guaje que se apellida Yamal, nacido en Cataluña de padres marroquís y que no habla ni media palabra de catalán, por lo menos en público. Repito, es darles una hostia en todos los morros a los racistas (otros que empleaban la palabra «charnego» para calificar despectivamente a los emigrantes), de Juns o de Esquerra y una satisfacción. Llamadme raro, perro verde o lo que os apetezca, pero estos casos los considero una especie de justicia divina que me hace sentir bien, a gusto con mi país y con la gente que lo compone.
Otra cosa que viene traída por los pelos es la sensación de que aquí sabemos celebrar una fiesta como en ningún otro lugar del mundo. En París, el sábado por la noche, en la celebración del triunfo del PSG, se produjeron incendios, cargas policiales, cientos de heridos y un muerto. Hace dos años, en Bilbao, cuando ganamos la Copa del Rey y sacamos la gabarra a dar un paseo por la ría, un millón de personas salieron a calle a pasárselo pirata con el equipo: ni un incidente, ni uno, sólo alegría, juerga y cientos de miles de litros de cerveza regando la celebración. ¡Con dos cojones y una vara! Salud y anarquía.