En muchos lugares de España, de Francia, y de otros lugares de Europa, se mira al cielo en las últimas semanas casi con vana esperanza. Más allá de las rogativas, o de la magia, o de la danza de la lluvia, los datos científicos dicen que las sequías son cada vez más prolongadas, y abarcan más territorio. Ya no es que el desierto trepe desde África para instalarse en nuestro corazón. En realidad, eso lleva ocurriendo ya demasiado tiempo.
Y cuando las largas sequías se detengan, lo más probable es que lo hagan mediante una lluvia violenta, que provocará graves daños y quizás no sirva demasiado para mejorar la humedad del terreno. En ocasiones, las danas o las lluvias feroces, acompañadas de un notable aparato eléctrico, anegarán calles y campos, destruirán cosechas, y, si caen sobre territorios que han sufrido incendios, arrastrarán la capa de cenizas hasta los ríos y lagos, y contaminarán todo a su paso. El cambio climático nos lleva a episodios cada vez más contundentes y dañinos, como fácilmente se puede comprobar. Negar el cambio climático no evitará el daño. Los relatos ideológicos y las guerras culturales pueden servir a las estrategias de partidos, o a los intereses de algunos, pero el clima no sabe de ideologías.
Contemplar cómo se amasan las nubes en el horizonte, en pleno julio recalentado, siempre abre una esperanza. Quizás derive en una lluvia reparadora, quizás la tierra se refresque al fin, pero, mientas el cielo se convierte en una madeja eléctrica a la caída de la tarde, esa esperanza rara vez se ve cumplida. Un granizo brutal puede visitarnos, aunque, a las pocas horas, el aire estará otra vez inflamado y será poco menos que irrespirable. Abres la ventana y se parece demasiado a abrir el horno de la cocina. O a abrir las puertas del infierno. El calor supera en varios grados la media histórica. La progresión es imparable: los récords se rompen casi cada año.
Con todo, el negacionismo climático sigue contando con numerosos adeptos. Se dice que ahora mismo hay menos negacionistas, porque la evidencia es la evidencia, pero a menudo, lo que debería basarse en el conocimiento y en el método científico, suele diluirse en favor de cuestiones ideológicas y partidistas. Se ha acusado de sembrar alarma a los que insisten en el gran peligro del calentamiento global, se ha intentado minimizar el problema de las emisiones y sus consecuencias en los ciclos de la naturaleza, pero a menudo se hace desde parámetros ideológicos, no desde la evidencia científica. Un mundo alejado del pensamiento científico no tiene posibilidades de sobrevivir. La crisis climática no puede ser considerada desde la política emocional, ni desde populismo, aunque es cierto que el momento geoestratégico actual está agudizando los problemas, porque existen liderazgos globales que apoyan sin fisuras el uso de combustibles fósiles y se enfrenten a cualquier acuerdo en favor de lo que se conoce como ‘agenda verde’. No es sólo Trump. Como en tantas cosas, él ha sido punta de lanza, priorizando cierto tipo de economía, con el regreso a una feroz industrialización: un cortoplacismo muy dañino. Su adiós al Acuerdo de París es ejemplo de irresponsabilidad política.
No podemos caer en ese uso deliberado del negacionismo climático, tan oportunista y desinformado, que despliegan en su argumentario político (no científico) algunas ideologías extremadamente conservadoras. En Europa, que ahora mismo se muere bajo una ola de calor (particularmente, Francia), la ideología contraria al cambio climático también encuentra sus adeptos, como sucede con los seguidores de Trump. Lo que no parece es que encuentre soluciones ni mejoras. La naturaleza es superior al ser humano, es demasiado para nosotros, como solía decir Wordsworth, que de naturaleza sabía mucho. Es inútil negar el calentamiento global, y los efectos perniciosos de las energías contaminantes, como es inútil negar la fuerza de la gravedad, o la diferencia que reina entre el día y la noche. La ciencia es y tiene lugar. La física sucede con sus leyes. Los datos son los datos. Y los efectos perniciosos para la vida son ya un hecho constatable.
El cortoplacismo político, económico y electoral, tiene estas cosas. Pero la naturaleza y el clima manejan sus propias dinámicas. Nada que ver con los relatos y con las guerras culturales. El momento político actual es difícil, especialmente si atendemos a las desigualdades, el crecimiento de gobiernos contrarios a la agenda verde, la tensión bélica promovida por algunos (todo lo que gira en torno a la dominación del Estrecho de Ormuz es significativo a la hora de interpretar la omnipresencia de los combustibles fósiles que algunos defienden para restaurar o mejorar sus economías). Vivimos un mundo divisivo, en grave conflicto, donde las posturas autoritarias intentan abrirse camino y a veces lo consiguen, un mundo que regresa a la militarización y al armamentismo (si alguna vez lo abandonó). La cuestión geopolítica daña enormemente la lucha contra el calentamiento global, sobre todo si consideramos que algunos países emergentes están lastrados por el aumento imparable de las emisiones y anclados en modelos industriales de otro tiempo. Los acuerdos del clima, con el desprecio continuo de Trump, a veces parecen papel mojado.
Y, sin embargo, Europa ha logrado un descenso significativo en las cifras de las emisiones, y la descarbonización avanza, aunque con algunos repuntes. Los datos del Informe de la Brecha de Emisiones de Naciones Unidas hablan por sí solos, pero el esfuerzo debe ser aún mayor. Lamentablemente, limitar el ascenso térmico a 1,5 grados, como pedía el Acuerdo de París, ya parece una quimera. Ahora se habla de 2,8 grados, como límite máximo aceptable, aunque en 2022 hablábamos de 3,1. Puede haber una ligera mejora de las expectativas, de las proyecciones de ascenso de las temperaturas, pero la mortandad por calor, España incluida, es ya un dato muy preocupante en nuestras sociedades contemporáneas. Qué sucederá cuando las sequías se prolonguen más. Qué decir del gran reto que plantea el agua en todo el planeta. No hablamos del futuro, sino de ahora.
Las dificultades originadas por las guerras en marcha y por los gobiernos autoritarios están llevando a un cierto olvido de las políticas climáticas. Es un gravísimo error. Busquen una entrevista recienta de Ezra Klein con el medioambientalista Bill McKibben para el New York Times: resulta muy reveladora. McKibben es muy conocido por sus textos sobre el calentamiento global. En la entrevista, reconoce que el cambio climático se está acelerando mucho, que todo va más rápido de lo que creíamos. Pero, asegura, y para ello se apoya en las conclusiones del ‘think tank’ energético Ember, la energía verde no deja de aumentar y es cada vez más barata y rápida. En 2025 el exceso de demanda eléctrica mundial se cubrió enteramente con energías renovables. McKibben cree que, a pesar de los desmanes de algunos políticos, hay una esperanza real de lograr gran cantidad de energía limpia. Australia, y su tratamiento del solar, es un ejemplo: «con la energía solar y eólica, la electricidad puede resultar gratis a los australianos entre el mediodía y las tres de la tarde», explica McKibben. Hay muchas cosas por hacer, pero sólo si ponemos la ciencia por delante de la política. El calor nos atormenta, pero no debería hacer que nos rindiéramos. No hay otra alternativa que el activismo del mundo verde.
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