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El negacionista

11/01/2026
 Actualizado a 11/01/2026
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Se suele resolver de un plumazo: el negacionista es un cuñado pasado de revoluciones, un cachondo involuntario o un cretino lengualarga. O las tres cosas a la vez. Pero no, este representante destilado del Zeitgeist de nuestro tiempo también ha de tener sus normas. 

En primer lugar, digámoslo con rotundidad: ‘negacionismo’ no es un buen término, no se atiene a la fidelidad que uno espera de una palabra. Quienes niegan lo cierto suelen afirmar otra cosa, por disparatada que sea. Propongo llamarlo disparatadismo, irracionalismo... O ignorancia en general, ya que darle la categoría de ‘ismo’ lo convierte en sistemático y sistema, lo que se dice sistema, no hay. 

Nadie puede tirar la segunda piedra, porque quien más y quien menos cuenta con sus propias creencias acientíficas y absurdeces de cabecera. De seres imaginarios y superpoderosos están pobladas toda religión y fe, y el empeño de cada una por imponerse como verdadera ha costado tantos o mayores conflictos que la caterva negacionista que se ha venido encima en estos tiempos virales y atrabiliarios. Aplicando la teoría de conjuntos comprobamos que tales creencias se comportan como grupos sucesivamente incluidos uno en otro y establecen la siguiente regla del negacionismo: a cuantos más conjuntos se pertenezca peor. Con permiso de don Euler, más que conjuntos planos podríamos hablar de conjuntos  tridimensionales, suerte de sumidero cónico, de forma que la tontería se acelera a medida que se desciende en ellos.

Otra norma: el negacionismo es comodón. Es la píldora azul de Matrix. Recurramos aquí a la psicología, que lo define como una de las fases del duelo (ya saben: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación). Al negacionista de pro la molicie le impide ir más allá de la primera, porque conocer cuesta y fatiga un montón. Influye también y mucho el interés. La negación del genocidio palestino en Gaza, por poner el caso de un negacionismo reciente, resulta muy provechosa para ciertos políticos y sus personales beneficios. A menudo, negar conviene.

Una cuarta regla (con un orden aleatorio) es la autorización, o cita de autoridad por parte de quien carece de ella. Podríamos resumirlo en aquella frase de Aramís Fuster: «difiero con Einstein en varios puntos». 

Y una más, que podríamos denominar «regla Bosé»: cuanto más popular es el personaje negacionista, más cancha se le da y más oportunidad tendrá para proferir sandeces con ínfula de ‘teorías’, entre las cuales colará que ahora no puede decir lo que antes decía (soslayando que antes no decía lo que ahora dice y que, en ambos casos, lo dice).

Por fin, una última (habrá más, supongo) son las ganas de destacar, de lucirse, de ser nombrado aunque sea para la risa:

– Oye, que lo dice Marcos Llorente.
– ¿Y ese quién es? 
– Un futbolista…

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