Años, por no ponerme dramático, de lucha, reivindicación y reeducación y nunca falta –amén de las consabidas prepotentes voces de macho cavernario– la voz de mujer que se permite pronunciar la mayor de las retrogradas machadas que suponerse pueda, normalmente acompañada de una sentencia o juicio moral sobre la congénere afectada por el hecho causa y objeto de la conversación –ignoro los porqués de tales reacciones ni, en verdad, me importan, tan sólo desestimo y me distancio afectivamente de quien las pronuncia–.
Desapruebo, pero no me escandalizo de tales ignorantes imposturas, pues bien enseñan realidad e historia de la cantidad de rentistas o aprovechados de vario género con que en la vida uno topar se puede y, más, si del gozo y disfrute de derechos –humanos, ciudadanos, laborales, individuales, etc.– hablamos. Abundan los que todos ejercen y de todos se contentan en la creencia de que han caído del cielo (que daño hizo la peseta con aquella aberración de «por la gracia de Dios»). Para qué preguntarse de su cierto origen, si igual conciencia responde vergüenza, si no traición.
También tengo presente, no crean, que no es nada fácil desaprender lo aprendido, mucho y por muy largo tiempo, mas también para el propio cultivo del saber y el mejoramiento en el conocimiento de las cosas estamos en la, cada día más modernizada ‘aldea global’ descrita por McLuhan. Pero es un caso similar al de los esquiroles en cualquier conflicto social: luchan muchas mujeres (sí, también algún hombre) por la igualdad y comprueban como a algunas no sólo no las tienen de apoyo para avanzar hacia ella, sino que además se convierten en un freno en la marcha.
Así, sin escándalo y con estos pareceres, me tropecé días pasados con uno de los supuestos argumentosque parece esgrimirá la defensa de uno de los cinco presuntos violadores de una mujer –si pongo chica, igual se ve manipulación agravante del lenguaje– de 18 años durante los pasados sanfermines. Se trata de la declaración de otra mujer –si pongo joven igual se ve manipulación edulcorante del lenguaje– propuesta como testigo que afirma que «eran simpáticos, que ligaban, y que no tenían necesidad de violar a nadie». Y aquí fue donde casi se me cortocircuita la razón.
Que sean simpáticos, me parece una cuestión tan subjetiva –hay simpáticos que me repatean– y poco relevante que no va más allá; que ligasen, supongo que en la décimo sexta acepción del verbo: «Entablar relaciones amorosas o sexuales pasajeras», no será cosa de la que opine o juzgue este defensor del amor libre previo acuerdo de las partes, mas tampoco me parece aval, garantía o justificación de conducta alguna, y más, cuando a continuación viene el despropósito: "Que no tenían necesidad de violar a nadie".
¿Necesidad de violar? Releyendo la frase completa –llamarla argumento me parece un insulto a la razón– ¿se podría deducir que si un hombre no es simpático y no liga podría tener la necesidad violar? ¿Puede concebir esto algún ser humano, hombre o mujer, con un mínimo de sentido moral o ético del convivir, del otro, sea mujer u hombre? Es más, ¿aún alguien alberga duda de que la violación es un delito que, más que por una obsesión sexual, se caracteriza mucho más por el deseo de demostrar el control y la capacidad de someter y humillar a un ser, la mujer, al que se considera inferior, un ser con el que se pueden cometer todo tipo de excesos, un objeto, una cosa. ¿O es que la violación ya no es la forma más evidente de dominación ejercida, con violencia, por los hombres sobre las mujeres?
¿Necesidad de violar? Que la conciba alguien aquejado de idiocia podría llegar a entenderlo, que lo llegue a esgrimir una defensa letrada me llega a escalofriar por la dispar idea de sociedad o humanidad que se pretende civilizada.
¿Necesidad de violar? No estimo preciso hablar aquí de la posible autogestión, artesanal o hecha a mano, sustitutoria de la libre relación sexual compartida, consentida y, ojalá, satisfactoria para ambas partes. Pero esa es otra historia poblada de fantasmas.
¿Necesidad de violar? Qué puede habitar en los cerebros y corazones capaces de concebir tal necesidad. Y ya no sólo en el terreno sexual, sino en cualquiera que les impida la fácil y egocéntrica satisfacción de sus pulsiones. ¿Dónde queda la racionalidad?
¿Necesidad de violar? ¿Dónde queda la humanidad? Bien cierto es que somos animales y que como tales instintivos, sujetos a los instintos, pero lo que nos hace hombres, mujeres, personas, es la esencial condición, el inigualable atributo, irrenunciable, de ser también racionales. Es la razón, la capacidad de discurrir, pensar y reflexionar, de discernir, de decidir nuestros actos sujetos a razón o no, a ética o no, a moral o no, a justicia o no, a libertad o no, a igualdad o no, a fraternidad o no. Es la razón la que nos hace seres, hombre y mujeres, humanos: personas.
La falta de uso de tan supremo atributo, es para mí una ofensa a la historia de la especie, al género humano, desde al más próximo de los vecinos, al más alejado y desconocido de los congéneres, vivos y muertos, que en esto sí también debemos tener memoria y conciencia histórica.
¿Necesidad de violar? Necesidad de total intolerancia hacia cualquier tipo de violencia machista, sexual o no.
¿Necesidad de violar? ¡Gorda machada! ¡Flaco favor! ¡Necesidad de igualdad! ¡Necesidad de educar!
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.