De vez en cuando, aún en los tiempos más tumultuosos, leemos en los periódicos buenas noticias. La semana pasada, por ejemplo, tuvimos la suerte de que anduviera por nuestras calles un mito: Joan Manuel Serrat. Vino a recibir un premio, el Leteo, y a uno le parece de perlas que se haya concedido a un tipo que cuando vivía el General cantaba en catalán y que cuando los nacionalistas ocuparon todos los resortes del poder en su Cataluña natal lo hiciera en castellano; sólo por eso, me merece todos los respetos. Sé que esto no pasa de ser una anécdota, pero muy significativa. Además, y no lo conozco personalmente, pero me lo parece, es un señor que no tiene dobleces, que no engaña, que es lo que es.
De todas las figuras históricas en esto de la cultura española, sólo he leído de dos a los que todo el mundo considera buenas personas, en el más amplio sentido de la palabra: Don Antonio Machado y Joan Manuel Serrat. Es imposible escuchar algo en su contra, con lo que el viejo dicho latino, «vox populi, vox dei», en estos dos casos, es amén. La cosa llega hasta tal punto con Serrat que un colega de profesión suyo hasta le escribió una canción que tiene una copla enternecedora: «mi primo el Nano, que no me toca nada y es mi hermano». Que esto lo cantara Sabina, que tiene un diente envenenado de ironía y mala leche que ‘pa’ qué, lo dice todo del personaje.
Repito que no lo conocí en persona, aunque haya acudido a varios conciertos suyos, pero, hace milenios, recién abierta ‘la Abacería’, escuché una mañana una entrevista que le hacía Julio César Iglesias en RNE; conectaron también con Víctor Manuel y estuvieron hablando un rato largo. Resulta que Serrat se hallaba en León, para dar un concierto en el Emperador; Víctor Manuel dijo que era una pena, pero no podría asistir y añadió que dejarían para otro momento tomar unos vinos por el Húmedo y comer una ración de cecina. El caso es que uno, en su ingenuidad, pensó en seguida en cortar unas buenas lonchas del manjar vacuno y enviárselas al teatro, envasadas al vacío, para que las degustara en su casa, bebiendo un buen vino mientras veía un partido del Barcelona. Mandé a un propio al teatro con la mercancía y me olvidé del asunto. Ya por la tarde, cuando más gente había en el abrevadero de la barra, poniéndose ciegos a Prieto Picudo o a Bierzos, suena el teléfono; cuando puedo cogerlo, una voz conocida pregunta si está hablando con la Abacería. «Si, ¿quién es?, respondo, y él me dice que es Joan Manuel Serrat, que llamaba para agradecer el regalo, que le era imposible ir en persona a hacerlo y que por eso llamaba. Quedé a cuadros..., cosas como la que cuento sólo las hacen las buenas personas...
Cambiando de tema, estos días estoy de bajón, la verdad es que no sé muy bien por qué. Será el otoño, el cambio de hora o el hartazgo que me está produciendo la campaña electoral; seguramente el principal motivo sea este último, que ya me vale. Cuando estoy así, lo soluciono leyendo más de lo normal: es mi droga. Y suelo escoger autores, por desgracia, pasados de moda. Estos días ando a vueltas con don Álvaro Cunqueiro, miembro destacado de mi trilogía gallega favorita, formada, además de por el mentado, por Ramón del Valle Inclán y por Wenceslao Fernández Flórez. Galicia es la única región de España que supera, en cantidad y calidad, a León en número de juntaletras, y no es de ahora, sino desde tiempos inmemoriales. Estoy leyendo un libro de Cunqueiro que se titula ‘El Pasajero en Galicia’, una recopilación de artículos sobre la tierra de las meigas publicados en el ‘El Progreso’ de Lugo y en ‘El Faro de Vigo’. Para los amantes de este género literario, un consejo: comprarlo y leerlo. Sólo hay otros dos escritores que igualan al de Mondoñedo, en sapiencia y en enjundia: Josep Pla y el primer Camilo José Cela (también gallego), el de ‘Viaje a la Alcarria’..., pero sobre todo Pla. De este comprar y leer ‘Viaje en autobús’.
Uno, que hizo sus pinitos en esto de contar lo que ves en los viajes, cuando los lee, no puede por menos de pensar que le queda mucho que aprender, que es un amateur de tomo y lomo y que, para mi desgracia, no sé si me queda tiempo para siquiera imitarlos. El caso es que leer a Cunqueiro, en tiempos de tormenta, me relaja, me hace imaginar cosas que no tienen comparanza con cualquier otra..., si exceptuamos, a lo mejor, escuchar el ‘Mediterráneo’ de Serrat.
Salud y anarquía.
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