29/11/2025
 Actualizado a 29/11/2025
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Época seudo triste por la obligación de la alegría, seudo alegre por lo habitual de la tristeza y de vacas aparentemente gordas aun en vacas flacas. Motivo contextual para películas de rojo y verde y para alguna que otra obra maestra de la literatura, la Navidad se erige ya en cualquier esquina. Reluce anticipada en las bombillas que cuelgan estáticas de unos cables aferrados a farolas que han esperado todo el año para deslumbrar. Es, además, muchas veces, razón justificada para la opulencia, excusa transversal para el derroche y reducto improvisado para los espurios bienhechores.

Pero nada de eso importa en unos días dickensianos que endulzan hasta el rostro del homo sapiens más serio. Que reblandecen el ceño fruncido de cualquier adulto al escuchar los desatinos de un coro infantil. Es que él también ha sido un niño y, en esta época, acostumbra a recordarse desafinando al canturrear cómo beben unos peces en un río –nunca supo cuál– durante una de esas veladas nocturnas en las que no había hora para irse a dormir y la diversión se medía con el número de manchurrones de chocolate que hubiera en el mantel, siempre verde y rojo. 

En unas fechas perentorias que no lo eran, porque el tiempo no pasaba como pasa ahora. En unos años en que el sueño no era únicamente ese que se alivia horizontalmente sobre un colchón y el sustantivo onírico solía escribirse siempre en plural.

El tiempo empezó a ser tiempo y el niño dejó de serlo, así que aprovecha cualquier vestigio para volver a jugar. Y, en esta época en que la Navidad es tan preciada como despreciada, no puede evitar la ilusión que le invade al ver el envoltorio –rojo y verde– de algún regalo, antes incluso de abrirlo. Esa ilusión que le embriaga al comer una onza de un turrón que en realidad no le gusta en una época en que nada de lo que importa pasa fuera del comedor. Ni lejos de la cocina. Ni más allá de las paredes del hogar.

No sé cómo escribiría hoy Dickens de estas celebraciones, ni si el fantasma de las presentes serían ya las del pasado, o las del futuro las ahora presentes o si las del pasado serían tan siquiera ya. Pero a mí me da la impresión de que llevo bastante tiempo malinterpretando a la Navidad. O simplemente es que ayer tuve un buen día.
 

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