A mí no me pidieron permiso para nacer, pero no me quejo. Esencialmente porque era un paso necesario para escribirles hoy, entre otras de las muchas ventajas que uno tiene de estar vivo. Y mira que hay muertos que estorban, que duelen, que persiguen y amenazan. Pero resulta que también es requisito para estar muerto haber latido en algún momento. Y vivir, tal vez soñar, que a veces viene a ser lo mismo, es el único milagro de consenso entre la religión y la ciencia. Es cierto que uno nace sin darse cuenta, que no en vano da la bienvenida con un llanto a este valle de lágrimas. Que nadie le pidió permiso para ser nacido (que debería ser la forma correcta de decirlo) porque la vida es un regalo y los regalos se hacen sin consentimiento.
No se me ocurre nada más ingrato ni traición más desoladora que demandar a tus padres por no haberte pedido permiso para nacer. Lo ha hecho un joven indio de 27 años que dice representar a un movimiento ‘antinatalista’ que se opone a que los progenitores decidan por ellos traerles a este maldito mundo en el que no han elegido estar. El colmo de la estupidez. Fin de la especie. Selección natural, que nos diría Darwin. Espero con ansiedad el cuestionario prenatal que evalúe qué vidas deben ser vividas, si es que alguna no merece la oportunidad de ganarse un destino y no vale la trampa de criticarlo a posteriori. Porque este ‘antinatalismo’ suena más a los ninis en versión india, a falta de ambición y dejadez quejicosa como única forma de lucha. La lucha cobarde de los que nunca dan la batalla. Aquellos que protestan sin dar soluciones como ese vecino de todas las comunidades empeñado en arruinar con quejas cualquier propuesta en asamblea ordinaria. Acertaba Oscar Wilde al sentenciar que «lo menos frecuente es vivir, la mayoría de la gente existe, esto es todo».
Nacer es un regalo, y de los caros, pero la vida hay que pelearla. No desvelo nada nuevo. Desde el primer instante, como contaba Gila. Nació sorpresivamente, nació solo porque su madre había salido a por perejil y le amamantó la portera. «Poco, porque estaba la pobre que ya ni para un cortado», decía el maestro del humor. Eso sí que era buscarse la vida. La tontuna ‘antinatalista’ era lo único que nos faltaba a esta Castilla y León desangrada de despoblación. Menos mal que aquí casi todo llega tarde y también esas modas absurdas del aburrimiento posmoderno. Aquí el orgullo de nacer, y de donde haber nacido, marca incluso las precampañas electorales con un populismo de provincias que resucita por los votos las rencillas de cuñados por si no debería haberse casado León con Castilla. Díganme qué es una familia sin peleas o unos compañeros sin envidias.
Mi amigo Jesús Nieto dice que él se nació en Castilla porque uno en estas diecisiete Españas se nace en verdad donde quiere y donde siente. Y es de agradecer que al menos nos sumen nacimientos sentimentales que este terruño está como para no nacerse; como para dar a elegir a los pocos críos que ya nacen aquí si desean alumbrarse o no en un cuestionario intrauterino. Si quieren nacer mesetarios para emigrar después o nacer lejos directamente. Aquí, para mantener la población, se va a terminar naciendo por decreto (y que no nos lea el sanchismo). Los partos burocráticos, aprobados en pleno en las Cortes por consenso de todos los grupos, es lo que le faltaba a esta comunidad. Menos mal que nos quedan ejemplos para la esperanza, ejemplos para soltar una lagrimita de orgullo cuando un hombre hecho y derecho y con la vida en contra, a priori, da las gracias a sus padres de haber nacido. El leonés Jesús Vidal, actor con discapacidad recogiendo un Goya al mejor actor revelación y a la inclusión: «Queridos padres, a mí si me gustaría tener un hijo como yo porque tengo unos padres como vosotros». Eso sí es una lección debida y de vida.
Nacer sin permiso
07/02/2019
Actualizado a
17/09/2019
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