Resulta curioso que, en la política española, la guerra estúpida e ilegal iniciada por Trump y sus acólitos, no precisamente anónimos, haya servido para dividirnos una vez más. Bueno, a lo mejor no resulta tan curioso: tal vez simplemente ha sucedido lo esperable. Porque, hoy por hoy, lo esperable en este país es la división y el enfrentamiento. Tiene gracia que, por cuestión de ideología, o por una especie de patriotismo mal entendido, algunos se hayan decidido a apoyar las ideas de Trump, que son como de bombero torero, con perdón de los bomberos toreros. Puedes creer que las disparatadas acciones acometidas por el tío Donald, aunque contestadas en su propio país ayer mismo, con miles de manifestaciones en ciudades y pueblos, son una muestra de patriotismo y de lucha por la libertad. Puedes comulgar con todas las ruedas de molino que quieras. Y venderle a la gente un patriotismo guapi. Pero no pretendas que la gente sensata, que es mucha, te haga caso, corazón. La mayor parte de este país, como no podría ser de otra manera, está en contra de esta y de otras barbaries, y hace muy bien en expresarlo. Todavía nos queda un ápice de empatía con el género humano.
Después de la destrucción de Gaza, había presuntos líderes en este país que no levantaban la voz, ni decían esta boca es mía, y no lo hicieron nunca, aunque eso sí, se enfurecían y se subían por las paredes porque se boicoteaban etapas de la Vuelta Ciclista a España. Qué clase de política es esta, se habrán preguntado muchas veces. La ideología es comprensible, todos defendemos la nuestra, claro está, pero hay asuntos que están muy por encima. Trump, cuya ideología no parece importar tanto como sus negocios, no podría ser presidente con cierta solvencia ni de su comunidad de vecinos, pero ahí sigue, con su lucha contra los intelectuales y científicos, con su vergonzosa y tiránica militarización de las ciudades, convirtiendo cada día la vida de mucha gente en un auténtico infierno. Ya apuntaba maneras un individuo al que sólo le falta poner su firma y su nombre en el papel higiénico oficial. ¿Alguien con dos dedos de frente, de izquierda, de derechas, o mediopensionista, puede apoyar este sindiós?
Las manifestaciones bajo el lema ‘No kings’, ante los desmanes de Trump y su clan, se suceden en Estados Unidos, que empieza a despertar de la pesadilla. Sólo las elecciones de medio mandato en noviembre pueden liberar a ese país de esta caída peligrosa en brazos de una forma de autoritarismo que hace guiños a notables afectos a las ideas neofascistas. Es un fenómeno global, si, ante el que milagrosamente algunos países están resistiendo. Resistir no sólo es una cuestión de honor (eso sí que es patriotismo), sino la única forma de preservar la libertad y la democracia tal y como la entendemos en esta parte del mundo. Muchos, en su inocencia o en su desesperación, han comprado la falsa idea, la falsa propaganda, de que los nuevos líderes autoritarios, cuyas declaraciones rozan a menudo lo risible y lo insoportable, serían capaces de terminar con los problemas en dos tardes. No sean ilusos. Está claro que todo nace de la desafección y de la frustración. Es el caldo de cultivo perfecto. Y la izquierda también es responsable por ello. Pero imagino que aún nos queda un ápice de cordura.
Como dice Robert de Niro, uno de los pocos influyentes que habla con claridad (el silencio en los Oscar fue patético, triste y demoledor), sólo la gente puede detener toda esta deriva. Desde la razón, desde la sensatez, desde la empatía con el género humano. Hay algunos liderazgos hoy que no nos pueden salvar. Al contrario, parece que nos arrastran más y más a toda esa ponzoña e intentan convencernos de que eso es lo correcto. Es cosa de la gente, y, desde luego, de los dirigentes que aún conservan las agallas suficientes para poner negro sobre blanco el tamaño de las atrocidades, en lugar de escudarse en el silencio confortable. Ponerse de perfil es aún peor.
Asistimos a una escena mundial de maldad y codicia. En algunos lugares, no han llegado a lo más alto los más nobles, ni los más próximos a la humanidad, sino aquellos que ponen por delante el beneficio y la desigualdad. Un mes ha pasado desde esta nueva guerra iniciada (¡mientras se negociaba con Irán!) por Estados Unidos e Israel. Como era de imaginar, todo ha derivado en un caos, en una locura regional cuyos beneficios para los que acometieron la guerra están por demostrar. Y la locura regional tiene consecuencias globales, y no sólo por el aumento de los precios del gas y del carburante, el arma más eficaz de los iraníes, con el cierre de Ormuz, sino por la desestabilización de muchos países, la destrucción que avanza, por ejemplo, en el Líbano, o, ya puestos, el propio daño que Trump inflige a su país, algo que ya es en él una constante. Nadie sabe hacia dónde va el conflicto. Poner botas sobre el terreno, como podría suceder si la invasión terrestre se lleva a cabo, traería de inmediato el recuerdo de las mayores derrotas conocidas de los norteamericanos. Ni siquiera hay seguridad ninguna de que un régimen represor como el de los ayatolás, que se pretendía descabezar, vaya a ceder.
Como se suele decir, parece que Trump y sus afines están haciendo un pan como unas tortas. Trump suele liarla a diario, pero esto va un paso más allá, me temo. Ahora te preguntas por qué Sánchez ha sido criticado por la oposición cuando se negó no sólo a la guerra, sino cuando inició una refriega dialéctica con Trump sobre las bases, entre otras cosas. La ira de Trump en sus respuestas ya le daba la razón. Una vez más parece que tenemos que creernos que la guerra está bien sólo porque la hacen ‘los nuestros’. ¿De verdad este es un argumento que podemos permitirnos?
Seguro que Sánchez saca partido a la buena consideración internacional actual de su figura (ahí está la prensa global para demostrarlo, incluyendo también prensa conservadora en Europa y América): cualquier líder lo haría. Pero sigo sin comprender las reticencias de algunos para estar, sin ambages, en contra de todo lo que está ocurriendo. No hay patriotismo alguno en apoyar esta guerra. Sánchez tiene graves problemas en el Congreso, con su difícil equilibrio, con el papel de Junts, que es, finalmente, un papel derechista, pero también con las otras izquierdas, sumidas en una fragmentación que al fin se trata de evitar. La economía, ahora apuntalada con el moderantismo de Cuerpo, es el tesoro de su gestión, aunque no llegue de verdad a todos. Pero los efectos de la gestión inane de Trump son imparables. Y aunque es muy probable que Sánchez pierda Andalucía, todos coinciden en que 2027 será una batalla de resultado incierto. Será muy Perrosanxe, pero con las vidas de un gato.