Vivimos en un mundo líquido (Bauman) o quizá ya gaseoso. No seré yo quien enmiende la plana a Eco, pero acaso la dicotomía ya no sea apocalípticos e integrados, sino atentos o dispersos, informados o engañados y en último caso, listos o tontos. Hoy vas a un pueblo perdido ‘en ca´Dios’ a desconectar y nada más llegar despotricas porque no hay wifi libre. En ese nivel de absurdo nos movemos.
Hace años ya nos advertía Nicholas Carr, en su libro ‘Superficiales’, de los peligros de las nuevas tecnologías. Se preguntaba si Google nos vuelve estúpidos; o si internet estaba alterando los hábitos mentales, dispersando y troceando nuestra mente por tanto picotear aquí y allá o con miles de alertas que nos asaltan cada minuto. No sólo en la forma de pensar, incluso en la estructura, en el cableado, en los circuitos mentales. Muestra: leemos por arriba, a vuela pluma y en muchos sitios a la vez (en contra de saludables hábitos de toda la vida, empiezo tantos libros que no tengo suficientes marcapáginas). Aquel ensayo adelantaba ciertos riesgos de comportamiento: la tendencia natural del cerebro es a la distracción y los nuevos dispositivos potencian esa querencia; las NNTT merman la elocuencia, disminuyen nuestra retención, memoria y comprensión lectora, provocan batiburrillo de información y un pensamiento más superficial. Efectos avalados por estudios de psicólogos, neurólogos, educadores y hasta biólogos. Dice Carr que investigar con calma, la que ahora no tenemos, ha sido clave para logros y avances de la humanidad. Así que no tardaremos en añorar nuestro viejo cerebro para progresar otra vez. Paradojas de tanta IA.
Con el tiempo transcurrido desde aquel libro, los peligros no sólo siguen sino que se agravan. Sabemos de otros males vinculados, sobrevenidos. Un artículo reciente de M. Irastorza (Jot Down, 18-3-26) alerta de que la interrupción constante de mensajes, correos, llamadas y estímulos similares, provoca una distracción más seria de lo que parece, pues al cambiar a menudo de tarea y querer volver a la anterior aumentan los errores, la fatiga, la lentitud, la concentración. Cada vez que saltamos de un asunto a otro, la mente tiene que reconfigurarse y ello supone un gasto demasiado grande: más de veinte minutos tarda en recuperar la atención previa con lo que estaba haciendo. Esa alternancia nos dispersa.
Todo eso respecto al cerebro, por no hablar de otros problemas como el sedentarismo: poco culo-gordo tenemos tras pasar tantas horas sentados frente a ordenador y/o televisión. O problemas de salud o alteraciones del sueño: la fatiga ocular de una pantalla que produce luz azul y retrasa la producción de melatonina, hormona natural responsable del sueño. Y etcétera.
Hasta aquí, las malas noticias. La buena, nos dirán, es que la adaptación del ser humano es asombrosa. Sí, pero ¿a qué precio, a costa de qué? Porque sobre todo el tributo es el tiempo; las NNTT nos quitan mucho, lo que menos tenemos. Robo de tiempo, robo de vida.