Hay motivos más que suficientes para preocuparse por la deriva que está tomando nuestro mundo. En realidad, todos los momentos históricos han tenido sus afanes y han generado sus miedos, pero, por mucho que haya habido instantes terribles para la humanidad a lo largo de los siglos, el momento presente siempre es el más importante, porque es el tiempo en el que nos toca vivir. Por mucho que se nos diga que todo ha ido a mejor, basta con escuchar un informativo para ver que las cosas no son exactamente así. Hay motivos para creer que la libertad está amenazada, y no sólo a causa de la actuación de algunos líderes políticos, sino también por otras circunstancias, como la utilización equivocada de la tecnología.
Por supuesto, siempre estarán los que no creen que exista peligro alguno. Los que nunca han creído, por ejemplo, en la democracia como el sistema más igualitario, o, ya puestos, los que ni siquiera han creído nunca en la igualdad. Que prolifere entre los jóvenes, por lo que dicen, una visión poco positiva de nuestro sistema político, de Europa, o una presunta cercanía con el autoritarismo, puede deberse a un déficit educativo del que todos somos responsables. O será la moda, como dicen algunos.
Yo no creo que todos los jóvenes piensen así, ni muchísimo menos. Pero sí creo en que el desconocimiento puede causar mucho daño, o la falta de interés por la historia pasada, que siempre es imprescindible conocer. Si a ello le añadimos la manipulación contemporánea, a través de los bulos y las tergiversaciones, y mediante las discusiones feroces en redes sociales, y en la vida misma (sólo hay que ver lo que sucede a menudo en el Parlamento), tenemos la imagen completa de una política muy dividida y enfrentada. La Inteligencia Artificial, que sin duda ha venido para quedarse, hará el resto del trabajo. Más allá de sus ventajas, que las tiene y las tendrá aún más, el peligro que la IA puede suponer para la vida en el planeta no es un asunto baladí. No digamos si está en manos de energúmenos con ansias de poder.
Ojalá seamos capaces de aplicar la razón, el sentido común, y no acometer algo de lo que nos podamos arrepentir. Al menos, por lo que respecta a nuestras vidas, que serán pequeñas e insignificantes ante los poderosos, no lo niego, pero que cuentan y mucho, porque lo que no quiera el conjunto de los ciudadanos siempre tiene pocas posibilidades de sobrevivir. Una vez que prende la llama de alguna forma de tiranía, o de terror autoritario y abuso de poder, como ha sucedido en los Estados Unidos en el disparatado gobierno de Trump, resulta difícil regresar a la normalidad y al respeto por las personas. Por eso es muy importante no caer en el discurso que pretende enmendar la plana incluso a la democracia, que, con sus errores y con sus problemas, siempre los hay, nos ha dado los mejores años de nuestra vida.
Lo que podamos hacer por la libertad en las distancias cortas es importante, desde luego. Somos las células de un amplio tejido global, y el mundo se construye desde todos los lugares. También desde nuestra casa. Sin embargo, la frustración y el descontento están llevando al desánimo político colectivo, muchas veces con razón, porque cada uno conoce su vida, y otras muchas veces empujados por la propaganda diseminada con aviesa intención por los que sólo piensan en alcanzar el poder y la gloria.
Aunque vivimos un tiempo en el que la información fluye a gran velocidad por diversos canales, también en este tiempo fluye, con la misma celeridad, la desinformación y el embeleco, intentando imponer un relato divisivo entre la gente, enfrentándola, negando las bondades de la libertad tal y como las conocemos. Se nos quiere hacer creer que la diversidad es mala, como si no fuera inherente al desarrollo humano desde tiempos inmemoriales, o que hay un intento de reemplazo de la civilización. De la misma forma que algunos, por más que parezca surrealista a estas alturas, diseminan la idea de que la tierra es plana. Así está el patio, queridos.
Mucha información no evita la desinformación, por lo que veo. Y mucha educación, por lo que parece, no evita el triunfo de la ignorancia. Lo que sucede es que mantener la democracia y la libertad implica una responsabilidad evidente. No es algo que funcione para siempre si uno no presta atención. La libertad es un árbol que se riega cada día, y que, sin cuidados, sufre de inmediato el ataque de las enfermedades. El más mínimo resquicio de nuestra voluntad por ser libres es aprovechado de inmediato por los que prefieren el autoritarismo, que a todas luces les conviene. No es una teoría: lo estamos viendo, lo estamos escuchando. Hay ejemplos cada día. Como dice Innerarity, la democracia exige pensamientos complejos, pensamiento crítico, no tuits, ni simplezas, como las que largan algunos, increíblemente con cierto éxito. Con razón se decía que es un peligro haber perdido la costumbre de leer textos largos. Creo que lo afirmaba el gran poeta Ángel González, pero no lo recuerdo ahora con exactitud.
Hace unos días participé en una tertulia pública sobre el regreso de las distopías a la manera de ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, o ‘1984’, de Orwell. La distopía se ha reinventado como género, creo que es habitual es tiempos de incertidumbre y de crisis: imaginar un futuro, ejercer de visionario. Huxley lo hizo muy bien en su novela más icónica, quizás porque él venía de una familia de científicos y tenía gran pasión por la ciencia. Sus problemas de visión, paradójicamente, no le impidieron imaginar un mundo de estúpida felicidad colectiva, dividido en castas (ay, los Epsilones), donde cualquier disidencia o cualquier intento de apartarse de la norma impuesta (todas las normas por nuestro bien, claro, siempre te dirán eso), se solucionaba ingiriendo una dosis de soma, la droga de la felicidad. Encuentro muy contemporánea la visión de Huxley: y en cuanto al soma, si no es una droga, que también, ahí está toda esa satisfacción que nace de las recompensas inmediatas que generan ciertos usos de la tecnología.
El capitalismo nos ha dirigido a una forma de falsa felicidad que pasa, sobre todo, por la satisfacción obtenida a través del consumismo.
En fin, todo esto ha sido dicho ya muchas veces, pero no está de más recordarlo. Hay que estar alerta porque ‘Un mundo feliz’ se parece demasiado a cosas que nos pasan. Es un buen momento para releerlo. Y a Orwell también. Y, si no, déjenme recomendarles la última serie de Vince Gilligan, ya saben, el de ‘Breaking Bad’. Me refiero a ‘Pluribus’ (AppleTV, a través de Movistar): una genialidad distópica imprescindible, que debe mucho a Huxley, y que creo que les va a encantar. Y a inquietar.