«Unidos somos más fuertes. Viva España», gritaba a los cuatro vientos en Madrid Luis de la Fuente en la celebración de la Copa del Mundo de fútbol. De haber sido en otro escenario, en otro contexto, le habrían caído palos a diestro y siniestro. Y otro tanto a todos los que ondeaban, sin complejos, banderas de España. Menudo facha el seleccionador y toda la afición que coreaba los correspondientes cánticos.
Durante unos días los satélites y voceros de la narrativa oficial del momento han permitido, sin abrir la boca, - salvo las excepciones de la matraca independentista de guardia - que el personal se sienta orgulloso de su bandera, de su himno y hasta de la famosa canción de Manolo Escobar. Es lo que tiene ganar el Mundial. Por segunda vez.
Se han puesto la camiseta de la selección hasta los más ajenos al asunto del balompié.
Lo que hay que ver.
El equipo de Luis de la Fuente ha vuelto a unir a un país, habitual e históricamente entretenido en batallas fratricidas, enfrentamientos nacionalistas, regionalistas y localistas, pugnas ideológicas y contubernios judeomasónicos varios.
Ha sido durante la celebración de la Copa del Mundo de 2026 y ha merecido la pena.
Ojalá ese sentimiento, esa enajenación transitoria durara un rato más, el necesario para que nos percatáramos de que hay más cosas que nos unen de las que nos separan.
La ciudadanía ha vuelto a demostrar que está muy por encima de sus dirigentes, que enseguida volverán a enredar en busca de la polarización perdida. «Nos interesa que haya tensión», que diría un conocido expresidente leonés. Con elecciones locales y generales en el horizonte, me temo que a la vuelta de las vacaciones nos van a abrasar durante meses con el consabida leyenda de los buenos y los malos. Y es que hay demasiada gente que vive del momio.
Mientras volvemos a la tendenciosa normalidad, gracias a la selección por habernos traído un rato de felicidad.
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