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El Mundial de los aguadores

22/06/2026
 Actualizado a 22/06/2026
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El fútbol no para de introducir normas y nuevas tecnologías (con resultados a menudo discutibles, de acuerdo), pero lo más llamativo de este Mundial americano es, yo diría, el uso casi obsesivo de la pausa de hidratación. No es que se aplique por primera vez, ni muchísimo menos, pero nunca hasta ahora se hizo con tanta precisión, de manera tan rigurosa y sistemática. Los analistas piensan que, en realidad, son pausas comerciales, se hidraten o dejen de hacerlo. Lo que se busca, como pasa en otros deportes, es tener más espacio para la publicidad, y de esto en Estados Unidos saben bastante: el baloncesto o el fútbol americano, pongamos por caso, utilizan mucho esos recursos. La Super Bowl es quizás uno de los ejemplos más obvios de esa mezcla continua, y por supuesto buscada, entre lo comercial y lo deportivo, todo aderezado con mucho show, porque el espectáculo no sólo sucede en la cancha, sino a través del país, incluso de todo el planeta, gracias a las cámaras. Hace tiempo que el deporte de élite es sobre todo alimento para la televisión. Y cada vez está pensado más en función de ella. 

Así que, cuando entro en un partido in medias res, como dirían los del teatro, a menudo me encuentro a los jugadores en la banda, disfrutando de un trago (un buen trago; el mal trago es el de un resultado adverso), bastantes despreocupados con sus botellines, que suelen lanzar, después de beber, con cierto desparpajo sobre el área técnica (se llama así, ¿no?). Este es el Mundial de los aguadores. Y, con el cambio climático en marcha y en plena efervescencia térmica, a pesar de los negacionistas de turno (de todo hay), es muy posible que estas pausas hidratantes, este arrimarse irrefrenable a la garrafa de agua mineral, se queden para siempre el fútbol. Y, de paso, más tiempo para anuncios en la tele, y para dar consejos a los jugadores, algo parecido al tiempo muerto del baloncesto. Más muerto el tiempo cuanto más desgaste físico haya, evidentemente. Lo que se ahorra en los saques de banda medidos por el árbitro (te hace una cuenta atrás si te demoras en exceso), o en otras limitaciones temporales de nuevo cuño, se pierde en el dulce tiempo de los aguadores, pero es algo asumido por todos.

Este Mundial americano incorpora, en efecto, varias innovaciones, quizás porque el fútbol necesita reinventarse todo el rato y ofrecer al aficionado esa sensación de dinamismo y evolución, que tantas veces puede ser polémica, e incluso innecesaria. Que sea un Mundial entre tres países fronterizos, o cercanos, pero muy distintos (sobre todo en este momento) ayuda a la variedad. Y subraya algo imprescindible: la bondad del universo multicultural, esa mezcla necesaria y por demás inevitable: justo cuando el mundo está contemplando alarmado un gobierno excluyente como el de Trump, que ha generado graves episodios contra la población inmigrante. 

De todo lo que sucede allí, en este evento deportivo, lo mejor es precisamente que se celebre un Mundial con tantos países. Un buen grupo de ellos se irá a casa pronto, qué duda cabe, pero muchos lo harán felices, y sus aficionados también. Ya sé que casi todo responde a la lógica del negocio, un negocio de dimensiones inalcanzables, y no me extrañaría que la Fifa llegase a organizar un Mundial con todos los países del globo, ya puestos. Pero quiero pensar que, dinero e influencia aparte, hay un elemento emocional que al menos puede ayudar a muchos a olvidar por un instante sus sinsabores personales, o la situación de su país, o las guerras en marcha. Un Mundial con tantos equipos es étnicamente plural, lo cual es estupendo, en el que reinará la desigualdad futbolística, aunque no tanto… Ya ven cómo equipos asiáticos, y sobre todo africanos, que hasta hace poco no eran nada, se están convirtiendo en candidatos a ganarlo. Como Marruecos. Todo esto me parece bueno, sobre todo para los más débiles.

Pero finalmente, el fútbol funciona como una religión. Quizás la religión que cuenta con más fieles en el planeta, y la única (y se entiende mejor después de la reciente visita del papa a este país) capaz de trasmitir urbi et orbi sus grandes liturgias, y sus mejores ritos. E incluso los más insignificantes, porque hay que atender mucho el sentido parroquial y las creencias más locales. El fútbol es también una forma de fe, aunque con bastantes ínfulas científicas. Y cada vez más. La suerte en el fútbol me parece importante (como en la vida), pero los entendidos la desdeñan. «Todo pasa por algo», suelen decir. Pero yo, qué quieren, no me lo creo.  

Esta religión que cuenta con santos, con ángeles y demonios, con algunos milagros, o eso creen algunos, hasta con una mano de Dios, o incluso más, pero también con fanáticos, no se olvide, sirve de protección y de aliento cotidiano para muchos, y pienso, sobre todo, en aquellos países que han vivido tanto tiempo en la pobreza, o en la desdicha, o en la guerra, y que, de pronto, ven una furtiva luz en las creencias del fútbol. Una victoria de su selección puede alegrarles no ya el día, sino el año, o la última década. Es un consuelo seguramente imaginario (como las religiones lo son para muchos), pero no pasa nada si eso produce una sonrisa o una sensación de que no siempre la desgracia se ceba con los más desfavorecidos. Poco consuelo es el fútbol, pero consuelo al fin. La gran liturgia mundial del fútbol enriquecerá a unos pocos (eso parece probable), empobrecerá a algunos (me dicen que las entradas tienen unos precios desorbitados en este Mundial, pero veo estadios llenos…), y será un alivio coyuntural, un rayo de luz, para los que necesitan un toque de felicidad. ¿Quién no la necesita? El fútbol, como algunos dicen de la literatura, no sirve seguramente para nada. Y lo que no sirve para nada es que sirve, en verdad, para todo.  

No sé si el fútbol es un indicador de desarrollo, de globalidad, de influencia, o de lo que en muchas ocasiones significa la inmigración, que, por cierto, es lo único que puede salvar a esta Europa envejecida y confusa. Si el soccer está entrando con calzador en Estados Unidos es gracias al legado de los inmigrantes latinos, esos a los que Trump acostumbra a perseguir con el ICE, lo que supone un peldaño más hacia el descrédito. Trump ve que lo latino está reforzando este deporte en los USA, pero su desdén por todos los extranjeros, y mucho más por los que considera pobres y poco homologables a los estándares USA, continúa. Ojalá no suceda lo mismo en Europa, a pesar de decisiones tan graves y tan vergonzosas como la de aceptar campos de retención en terceros países. Europa no debería legislar nunca contra su espíritu fundacional. Y, mucho menos, hacerlo en la estela del autoritarismo excluyente que otros predican.

Dar oportunidades a otros países, que están demostrando además el ascenso de un fútbol alternativo, puede ser una buena idea. Y el multiculturalismo siempre es muy saludable. El fútbol es un negocio, sí, pero puede ejercer de herramienta de paz y unión, como bien hizo Mandela con el rugby. No nos salvará de los males del mundo, ni nos va a solucionar el tremendo sindiós que algunos están causando en el mundo de hoy. Pero, en fin: algo es algo.

Este es el Mundial de los aguadores. Agua para todos, en medio del infierno que ya brota en los termómetros. Estas pausas de hidratación son también una metáfora del mundo sin piedad que nos deja ya el cambio climático. De todo lo que veo en televisión, estas pausas hidratantes son las que me dan la paz de las verdes praderas. No sé si los futbolistas las necesitan. Pero nosotros, sí. Desesperadamente. 

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