«Hemos entrado en los salones», podría, con libertad de cita, titularse la entrevista que le hizo El País el otro día a Oscar Mulero por ser acreedor a la Medalla de Oro de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura, «pero seguid buscándome en clubes donde haga mucho calor, poca luz y cuatrocientas personas que sepan lo que hago».
El dj madrileño que pinchando en Tropicana con veintipocos ya tenía exigencias (además de que le devolviesen los discos robados) no ha perdido un gramo de carisma y tampoco ha dejado de acumular seguidores fanáticos. Durante algunos meses de algunos años fue mi caso y el de un círculo de sucios, quienes estuvimos cerca por culpa de Mulero de pertenecer a una tribu urbana, la de los techno kids. Aquellos primeros dos mil fueron la edad dorada del techno de club, finiquitada con los cierres de Tresor en 2005 en Berlín y La Real en 2006 en Oviedo. Y desmentir eso sería de muy mal gusto.
El muy venerable músico electrónico es una figura de culto sin discusión. Su misma trayectoria sólida y coherente parece una de sus sesiones, con variaciones sutiles sobre una base contundente y densa, fiel a un nivel estable de bpms, sin concesiones al fiestorro y sin deslices. La estética trazada con camisetas negras descuelladas, tatuajes de puede que Rober Hernández, la emblemática nariz partida en dos como un mentón, el pelo cortado artísticamente siempre, el poco de barba y la mirada lluviosa, resulta en una figura que atrapa la atención. El propio hecho de que como madrileño emigrase a Gijón es un gesto underground esquivo y cargado de sentido.
Su elocuencia en español y en inglés a través de esa voz vulnerable descoloca pero va en sintonía con la sensibilidad al titular los temas. El gusto por las fraseologías maquinales y las calaveras, la primera de todas la que no esconde su rostro son marca de la casa.
Cualquier disco firmado con su nombre o alguno de sus heterónimos puede ser una buena muestra de la música por la que pasará a la historia, valgan ‘Black Propaganda’, ‘Viaje Interior’ o ‘Second Skin’. Pero si hubiese que empezar con algo, la nostalgia y la ausencia de desmentidos me empujan a recomendar su mix de 2001 ‘Era’, una sesión total de alto techno.