Esta semana he oído a mujeres de lana desgranando historias desde distintos pastos. Historias convertidas en un relato único, porque la soledad y el sonido de esquilas suenan igual en cualquier idioma, lengua o dialecto. El 2026 es el Año Internacional de los Pastizales y el Pastoreo. Por eso, el grupo `Ganaderas en red´ ha organizado encuentros de ganaderas y pastoras, reuniéndose en Madrid 32 mujeres de 7 países. En mayo, algunas de ellas acudieron a un encuentro mundial, celebrado en Katmandú, Nepal, para hablar del reconocimiento profesional de lo que hacen, de la titularidad de las explotaciones que trabajan, de cambio climático, de igualdad y de derechos laborales o, para ser exactos, de la falta de ellos. Dicen en su blog `Palabras para el camino´, lo que sienten trabajando en la soledad de un campo, sin más compañía que animales y pastos. Mujeres que tienen tan asumido lo de ser fuertes, que doblarse no es opción, y tan acostumbradas a poder con todo, que no saben conjugar el verbo rendirse.
Mayira dice que en Colombia, el pastoreo es una labor que pasa de madres a hijas, sin ser considerado un trabajo. Sonia dice que las pastoras bolivianas tienen el mismo problema allá, en el altiplano, donde no hay quien las escuche. Martina cuenta lo que es vivir a 4000 metros de altitud, con escasez de agua y exceso de soledad, sin más compañía que las ovejas y alpacas. De haber asistido Pura, la de La Red, hubiera contado la misma soledad en la majada de Mental, donde el alto Cea riega la Montaña Oriental Leonesa. Mujeres sintiendo lo mismo en todos los puntos del planeta, velando unas por otras, porque es un sector que se levanta cuando el mundo amanece, cogen su rebaño y ponen rumbo a la tierra, sea llanura, altiplano o monte. Sean ovejas, alpacas o llamas, mientras al otro lado, donde a esa hora oscurece, las otras duermen.
Mujeres Rurales y Pan. Esta semana celebramos el Día Internacional de ambas cosas, que bien podrían celebrarse juntas, porque los que nacimos en la España profunda sabemos que el pan nace de las manos de las madres. Mujeres que cada año merecen un reconocimiento, esta vez dedicado a las pastoras, por ser su año, pero que dominan todas las funciones que la tierra requiere. Mujeres que son la base económica, los pilares, el tejado y la viga maestra de las zonas rurales. Son agricultura y ganadería de manos pequeñas, pañoleta y alpargatas. Mujeres siempre cerca de la lana y del fuego, con tantos saberes ancestrales que la tierra se rinde ante ellas. Y el agua. Y la nieve. Y el trigo.
Dicen los libros que el pan acompaña a la alimentación de la humanidad desde tiempos inmemoriales y que algún tipo primigenio de cereal fue una de las primeras plantaciones humanas, sin importar lugar o clima. Y cerca del cereal, siempre una mujer de campo.
De la misma forma que las pastoras y sus rebaños, en cualquier parte del mundo, a la misma hora, hay una mujer amasando para quitar hambres. En el norte de China, donde el trigo escasea, Zihan amasa arroz cocido, que después cuece al vapor, cumpliendo la misma función que un pan de miga esponjosa. En Venezuela, la joven María Gabriela prepara arepas de chócolo, con harina de maíz, antes de que la familia regrese del campo. En Tanzania, Neema prepara el chapati, mezclando su saber ancestral con harina de trigo, sal, agua y aceite. Lo castiga con un rodillo y lo fríe en una vieja sartén. En un pueblo de la montaña leonesa, Virginia amasa en la gran artesa una mezcla hecha de harina, agua y cansancio, para llenar el arcón de hogazas y tortas.
Que nadie especule sobre el origen del pan y se olviden de egipcios y griegos, que algunos conocimos a la mujer con corteza por fuera y miga por dentro, masa madre del mundo. Lanzaba granos de cereal sobre los surcos. Hasta el pan tuvo color para distinguir las clases, pero ella sembraba con el mismo cariño el trigo que el centeno, porque el pan negro quitaba el hambre igual que el blanco. Después, dejaba a las lunas hacer su trabajo. Llegaban las nieves y pasaban de largo. La lluvia acudía a quitar la sed de los campos y todo rodaba en silencio, mientras el pan germinaba bajo tierra. Hasta que un día, una rosa en la portillera y mil amapolas en la cuneta anunciaban que aquel grano viejo esparcido en los surcos, ya era espiga joven y grano nuevo, listo para alimentar al mundo. Entonces, Virginia cortaba el cordón que une el pan a la tierra. Lo abrazaba como a un recién nacido y lo llamaba trigo. Se lo entregaba al trillo para limpiarlo, a la criba para mecerlo y al viento para aventarlo. Y ya, siendo harina, lo moldeaba en la artesa, como quien prepara a la novia, antes de entregarlo al fuego, que ardía en el interior de un horno de barro. Así se engendra y nace el pan del mundo, de manos de mujeres rurales, desde que lanzan los granos al aire, que ya los repartirá el viento, hasta convertirlos en hogazas durmiendo en el arcón de una hornera.
Con unos días de retraso, Felicidades a las Mujeres Rurales. Mujeres de pan y lana.
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