Este título, dicho así, pareciera hacer alusión a una especie que ha vivido o aún vive en cautiverio. Lo más grave es que, en cierto modo, hay algo de verdad en el juego de palabras, las mujeres seguimos sometidas a ciertos tipos de esclavitud que no siempre son visibles.
¿Cómo llegamos a este 8 de marzo? Objetivamente, en occidente hemos logrado muchos derechos que en su día parecían inalcanzables. Eso sí, por muy feministas que afirmemos ser, en España todavía no dejan paso los líderes de los principales partidos a que la candidata a la presidencia del gobierno sea una mujer.
Esta modernidad aparente tampoco ha evitado que en lo que llevamos de 2026 haya habido diez víctimas mortales por violencia de género y dos menores fallecidos por violencia vicaria. Es un porcentaje muy alto para reflejar solo dos meses del año.
Lo más preocupante, sin embargo, parece suceder en países lejanos. En Cuba, por ejemplo, hay mujeres que para conseguir un paracetamol o una pastilla de jabón se han acostumbrado a prostituirse. Y si hablamos de esas cárceles de tela que son los burkas, ¿qué podemos hacer si no llorar? No comprendo que un sector de la izquierda justifique su uso (más bien imposición) como símbolo de libertad religiosa. Nada más falso que esta afirmación. A poco que investiguen se darán cuenta de que ningún libro sagrado o credo ordena a las mujeres llevar esa túnica, es una norma creada por la supremacía machista que incluso algunos países islámicos prohíben.
También me produce bastante rechazo esta obsesión por obligar a participar al mundo de la cultura en favor de unas causas (véase los Goya, Palestina) y su silencio frente a otras (Ucrania, Irán, Venezuela, Cuba o México). Suscribo totalmente las palabras de Leonor Watling, se está contaminando el mundo del arte y si no sigues determinadas corrientes ideológicas o eres afín a ciertas siglas te cancelan volando.
Feminismo y libertad, sí. Hipocresía y sectarismo, no.