El pasado domingo, 8 de marzo, se celebró el día internacional de la mujer.
En 1910 se solicitó la institución de una jornada para las féminas, con motivo de la reivindicación de sus derechos y de un cambio en una sociedad en la que tenían el mismo valor, poco más, que el de un cero a la izquierda.
A pesar de llevar todo el peso de las tareas domésticas y de crianza de los hijos. Se trataba, además, con frecuencia, de familias numerosas.
Y en el medio rural hay que añadir a este trabajo, ya duro de por sí, el desempeño de labores en el campo codo a codo con los hombres. Y una mentalidad aún más cerrada y tradicional, si cabe.
Esto es un hecho de sobra conocido, basta un rato de charla con madres, abuelas, personas mayores para concluir que esto del feminismo tiene sus buenas razones y que no surgió precisamente ayer.
Resulta contradictorio que, siendo un pilar tan fundamental, las mujeres hayan permanecido relegadas a un segundo plano.
Hoy han evolucionado las cosas, se ha avanzado mucho en cuanto al papel que representa la mujer en la sociedad.
Sin embargo, queda un largo camino por recorrer.
Mientras siga habiendo actitudes machistas en cualquier ámbito, agresiones y lugares en el mundo donde haber nacido hembra signifique casi una condena de por vida, no se habrá llegado a la meta.
En algunos casos y situaciones la libertad y la igualdad tan perseguidas parecen situarse todavía a años luz.
De hecho, según un informe elaborado a partir de encuestas realizadas en 29 países, los jóvenes pertenecientes a la generación Z, nacidos entre 1997 y 2012, mantienen ideas más tradicionales con respecto a la mujer, como que ella debe obedecer y que en una pareja la última palabra debe tenerla él.
Ojalá en algún momento esta jornada del 8M sea meramente festiva porque no haya nada que reclamar, aunque ese es un objetivo que se vislumbra como mera utopía.
Para esta lucha, como para la mayoría de las causas y conflictos, se necesita menos violencia, menos máquinas, más humanidad y más respeto.