Durante el franquismo se enterraba muy bien. La muerte era el silencio perpetuo para los que caían en las cunetas o contra las tapias y también para sus héroes de guerra con cruces en las puertas de las iglesias. Se enterraba tan bien que incluso se daba tierra a los vivos y en ese silencio plomizo y gris del miedo ni hablaban unos ni hablaban los otros. Tan solo hablaba el franquismo y la voz del NO-DO. Lo de inventar la realidad es más viejo que la posverdad y el independentismo.
Ahora en la democracia consolidada se entierra fatal, es una de las desventajas de la libertad. Vociferan los vivos y no es que lleguen a hablar los muertos, no se asusten, pero sus cráneos de cuencas vacías y sus montones de huesos condicionan el debate político. En democracia, o al menos en esta que felizmente disfrutamos los españoles, los fallecidos no acaban de irse nunca y la opinión pública les ha colocado en un eterno purgatorio. Una condena que recuerda a las antiguas escrituras pero los juicios a las almas se repiten y revisan en un sistema de recursos infinitos con instancias incontables que tan solo empiezan en el Tribunal Supremo. No importa si fuiste santo, dictador, canalla, escritor, rebelde, represaliado, conquistador, asesinado o cobarde. Ya no descansarás en paz, más bien puede que no descanses. Que tendrás los dientes flojos, chasqueando contra la tierra, sin la certeza de que no vengan a profanarte la memoria.
Se entierra tan mal que hasta va a empezar a insultarse en los obituarios, y por primera vez habrá muertos en necrológicas que habrán sido groseros, sátiros y malvados. No los echarán de menos en las esquelas y los columnistas escupirán palabras en vez de esculpir elogios. Entonces se revolverá César González Ruano en su tumba al ver caduca su maravillosa habilidad de escribir sobre difuntos de cuerpo aún caliente. «Ido César, a mí los muertos se me dan como nadie» reclamaba Jaime Campmany como herencia y así había seguido siendo para el articulista de periódicos, que la cera de velatorio acababa casi siempre oliendo a premio literario.
El colmo del mal entierro es el entremés sobre los restos de Franco. Estamos terminando la segunda década del siglo XXI y el Gobierno socialista mantiene por bandera la imperiosa necesidad de trasladar sus restos con urgencia (debe ser urgencia de esa burocrática, que del primer anuncio se cumple por ahora un año) a pesar de que la polvareda haya despertado a los trasnochados de aquel régimen cruel que ahora se atreven a volver a hacer cola en el Valle de los Caídos todos los domingos. Qué favor involuntario (casi el peor de los favores) le hace Sánchez a Franco cuando en vez de acabar de pisotearle con el olvido (el peor agravio para los megalómanos autoritarios) le mantiene en la picota constante de la actualidad. «Aquí enterramos muy bien» decía el desaparecido Alfredo Pérez Rubalcaba, pero aquel era otro PSOE, y el de ahora se está empeñando en desenterrar el odio y remendar la Transición aireando fantasmas. La abominable Guerra Civil y posterior dictadura era una pesadilla ensangrentada y superada por el deseo de convivencia en paz y respeto.
Pero hoy Franco cae hasta en la Ebau cuando antes el profesor daba el temario por cerrado en la primera mitad del siglo XX. La misma semana que el Rey Juan Carlos I, pilar de la reconciliación, se jubila. Tardó demasiado en morirse bien muerto el dictador para ahora empeñarse tanto en resucitarlo tras cada Consejo de Ministros. Lo dijo el último de los maestros, Manuel Alcántara con otro obituario, a Federico Muelas, que también le valió un Cavia: «Lo peor que pasa con los muertos es que se siguen muriendo».
Muertos bien muertos
06/06/2019
Actualizado a
18/09/2019
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