Mr. Peinado cuenta con formidables poderes. Poderes judiciales, poderes de la Liga de la justicia. Cuenta, incluso, con nombre de superhéroe inverso: recordemos que Supermán iba bien peinado solo cuando era Clark Kent. En uno de esos multiversos que ahora tanto abundan y nadie ha visto, Mr. Peinado actúa a este lado de la ley, justiciero con auto (o autos) dispuesto a combatir el mal desde su toga-cueva, guarnecida de escritos y alegaciones.
Algunas de sus hazañas son tan nombradas como lo serían de haber salvado la Tierra en un universo en que la Tierra necesite ser salvada. ¿Acaso no fue él quien logró irrumpir en la maléfica mansión del siniestro Presidente S. para preguntarle, sí, ante el pasmo de propios y ajenos, si conocía a Begoña y acaso, por una casualidad astral, era su esposa? ¿Acaso alguien se hubiera atrevido a tamaño escarnecimiento y desafío a las fuerzas del mal? ¿No fue su intrepidez la que demandó, en el interior de esa misma morada temible, la instalación de una tarima –¡una tarima!– para afrontar y enfrentar desde la elevación de su supremacía al secuaz del inefable, el no menos ignominioso ministro de Justicia (nombre paradójico donde los haya)?
El Endurance no se movió más. Nuestro viaje parecía condenado. Perros y trineos apenas serían suficientes para alcanzar la costa en el mejor de los casos, ¿y después qué?... (Pausa de hidratación, modelo Shackleton).
Solo Mr. Peinado, con sus invulnerables poderes, indiferentes a cualquier tipo de kryptonita, ha sabido arredrar al ignominioso sanchismo mediante la genialidad de golpear su punto débil. Solo él ha podido capturar el pasaporte de Mrs. Másteres, impidiendo así al pérfido Presidente S. su escapatoria al extranjero escoltado por ella, o sus maquinaciones estivales en lugares alejados del territorio donde los superpoderes del omnipotente enjuiciador Míster P. son más efectivos. Qué treta. Qué agudeza. Qué juicio.
Mr. Peinado sospecha de todos; su sagacidad y suspicacia son leyenda. De la Policía por ayudar al mal, de la ausencia de Policía por beneficiar al mal. Siempre está prevenido: sus gafas de diseño extraplanetario escrutan un horizonte alejado de la comprensión de los mortales. Si algunas de sus otras causas prescriben o chapucean, ha de deberse a que solo él sabe diferenciar la clave y origen de todo auténtico delito: el sanchismo.
Ante el superhéroe que describimos, del que cualquier parecido con la realidad es coincidencia y todo cuanto se dice presunto y figurado –no vaya a ser–, cualquier humano honorable no puede sino agradecer sus esforzados y prejubilados servicios al orden y la ley. Ante cualquier riesgo o sospecha, enciéndase el reflector que ha de alumbrar nubes nocturnas con la alentadora sombra de una puñeta.
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