Cuando Mario cogía el rabel no se preocupaba de más, tocar, cantar y divertir... De todo lo demás se encargaba Monse, de saber las canciones que funcionaban, las que no, las bromas que sí llegaban, las que no, los comentarios de la gente que podían enriquecer lo que el bueno de Mario ya regala con generosidad en sus comentarios, las anécdotas de las mujeres de la Tercia y los paisanos de Casares, algunos tan listos que veían crecer la hierba, como Langreo.
Pero la que realmente veía crecer la hierba era Monse. Yella se lo contaba a Mario... «y el Jilguero que haga lo que le de la gana».
Eran dos que sumaban uno siendo dos. Hasta el viernes, cuando Monse ya no pudo más. Unas horas antes se había despedido, con el último cigarro, ejerciendo por última vez de abuela y una mirada cómplice más, la última, a El Jilguerín de Casares y el minero de La Vasco, el paisano.
Llevaba Monse en su cuerpo golpeado una larga batalla que pocas veces, poca gente, ha llevado con más dignidad y más valentía. Irreductible, por los suyos, sin querer darle ninguna concesión a la pena;aunque ella sabía lo que estaba pasando, veía como el bicho le comía la carne y la vida. Pero luchó hasta la extenuación, quiso tomar café con sus amigas hasta el final, reír como las abuelas...
Tan solo había algo con lo que no hacía concesiones, el engaño, cuando le pedían que olvidara lo que la pasaba, cuando le querían regalar falsas esperanzas les dejaba claro que sabía cuál era su destino, pero no quería caminar hacia él dejando un rastro de tristeza.
Por ello, fumó el último cigarro.
Ejerció de abuela.
Miró a la hija como miran las madres.
Sonrió a El Jilguerín para decirle que, pese a todo, ha merecido la pena.
Yse leyó en sus ojos el último consejo:«Coge el rabel y vive, canta, cuenta y dedícame una tonada».
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.