11/01/2026
 Actualizado a 11/01/2026
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Una de las cosas que más te recuerdan la fugacidad del tiempo es escribir una columna semanal. La noticia se te hace antigua mientras la desembalas y tienes que comer deprisa porque aquí no vale lo de saborear las palabras. De no haber sido por esos malestares que a veces te ganan la partida, el domingo pasado hubiera arrancado mis decires del 2026 con unas líneas de Octavio Paz, enviadas por un querido amigo, en esas horas que hacen de frontera entre dos calendarios. «Las puertas del año se abren, como las del lenguaje, hacia lo desconocido. Anoche me dijiste: mañana habrá que trazar unos signos, dibujar un paisaje, tejer una trama sobre la doble página del papel y del día. Mañana habrá que inventar, de nuevo, la realidad de este  mundo.»

Resultan refrescantes estas palabras cuando llegas de un año intoxicado, braceando entre una telaraña de fobias, filias y guerras que nos están asfixiando y con demasiado ruido para dormir la siesta. Apetece imaginar las cosas como lo hace el poeta y al cerrar el portón del viejo año, dar un buen baño a la vida en el barreño grande, estrenar otra vez el portal de casa, recogerse el pelo y añadir dos troncos a la lumbre. Y ya en el rincón más amarillo y blando, con un cuaderno nuevo (de las cosas que más me gustan en la vida), trazar esos signos sobre la página y el tiempo en blanco, con tanto mimo como si después hubiera que vivirlos. 

Con una mano, apartar la nieve de detrás del visillo y con la otra, dibujar  en el vacío, como si nacieran entonces, esos montes leoneses que no computan en años porque sus relojes marcan siglos. Y habiendo leña y lumbre, allí pondríamos a una madre, a hilvanar días y tejer la trama. Esa estampa me inspiraron las palabras de Octavio Paz que, una semana de retraso convirtió en ilusorias y con aspecto de viejas, porque tres días bastaron para que se agrietara el umbral del año y naciera asustado y roto, sin darnos tiempo para dibujarlo a nuestra manera, poner cercas a los meses, preparar tintes para la primavera y decidir dónde sembrar el verano. 

Por desgracia, la columna no es la que quisiera porque aquel caballo desbocado que ha convertido el mundo en un campo de minas, del que ya hablamos en otro comienzo de año, también cruzó el tiempo y consiguió acallar con su histrionismo las campanadas, pero a estas alturas, aquel individuo con cornamenta asaltando el Capitolio ya no hace tanta gracia. Qué ingenuas resultan ahora aquellas columnas en las que  queríamos ser enero porque aún estábamos a tiempo de todo y nos ofrecíamos a izar la bandera blanca y firmar la paz, antes de que estallasen las guerras que nos están hiriendo a todos. Qué livianas quedan ahora las protestas dedicadas a los niños ucranianos huyendo con ositos de peluche bajo el brazo, comparándolo con lo que después vimos en Gaza. Aún había esperanza en la pregunta de cómo sería el deshielo cuando la primavera regresara para ellos, con una guerra adentro, para siempre.  

Por increíble que parezca, ya somos 2026 y su primavera aún no ha llegado. Deberían ocultar en los libros de historia estos disparates de los que somos testigos, por si pretendiéramos olvidarlos. Qué ingenuos éramos apenas ayer, creyendo en pactos internacionales que nos garantizaban la paz de Europa, por ser tan altos y guapos, aunque hace tiempo que sospechábamos de su ineficacia. Hasta esa `M´ grande, de Mundial, que remataba las siglas con más fuste, empezó a perder credibilidad y se convirtió en falacia el día que todos supimos colocar Gaza en los mapas. 

Ya hemos visto todas las versiones modernas de David y Goliat. Podemos contar cuentos que empiecen por «érase una vez un ruso, un israelí o un estadounidense…» y acaben con un mundo amordazado y maniatado por el demente de turno.  Ahora ya sabemos que las siglas solo sirven para hacer sopa de letras y cenar caliente los mandamases, mientras se juega una partida de Monopoly en la que solo el amo del tablero se acepta a sí mismo como animal de compañía y se apropia, o lo que haga falta, de todo aquello que se le antoje. No hay nada que frene la zozobra de los nadies y alivie tanto vértigo, mientras un personaje juega con el mundo a la peonza, porque sufre de avaricia y desconoce la palabra escrúpulos. 

De poco sirvió hace cinco años, cuando dibujamos la vida para Virginia, abrir solo la ventana que daba al huerto para que viera las lagartijas de la tapia, el campanario y, a lo lejos, las fieras del monte. De poco sirvió dejar cerrada la que daba al mundo, donde viven los humanos, y hacer guardia junto a la ventana por si entraba el frío, poder templarlo antes de que la alcanzara. Qué  impotencia provoca que un solo individuo ponga boca abajo el mundo, derramando la paz y la calma que inventamos para nuestros niños.  

Que no lo consiga. Intentaremos cocinar cada día la receta de Octavio Paz y cada mañana, trazar nuevos signos, dibujar un paisaje, tejer una trama sobre la doble página del papel y del día. Cada mañana inventar, de nuevo, la realidad de este  mundo.
 

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