Es fascinante pasear por Sahagún –al sureste de la provincia de León, a poco más de sesenta kilómetros de la capital–, buscando tal o cual monumento –su conjunto histórico es envidiable–… Impone, por poner un ejemplo, pasar por el arco de San Benito –construido en 1662–, bajo el que hoy, cual arco de triunfo, pasa la carretera N-120; y así, de paso, te puedes hacer una idea de la importancia que tuvo el monasterio del que formó parte –fue la portada sur de su iglesia– siglos atrás…
El monasterio hunde sus raíces en el siglo IX, al adquirir el rey Alfonso III el Magno una iglesia allí donde se veneraban las reliquias de los santos Facundo y Primitivo –hijos, atendiendo a la tradición, de san Marcelo y Santa Nonia, que alcanzaron el martirio a comienzos del siglo IV en este lugar, a orillas del río Cea– para donársela a los cristianos que, con el abad Alonso al frente, huían de la persecución musulmana.
Reconstruido tras la destrucción por Almanzor en el año 988, vivirá su época de mayor esplendor a partir de finales del siglo XI –su influencia y posesiones lo convertirán en uno de los más importantes de la península–, con la adopción de la regla de Cluny y el impulso del rey Alfonso VI, que será enterrado en el propio monasterio, como sus esposas y otros nobles –hoy los restos del rey y de varias de sus mujeres reposan en el cenobio de las Benedictinas de la villa–. Y comenzó su decadencia en el siglo XV, al disminuir su poder y perder su independencia –en 1494 pasa a depender del monasterio de Valladolid–, llegando a su fin en el siglo XIX –fundamentalmente con la Desamortización de Mendizábal (1835-1837)–, con su abandono y –tras ser en su mayor parte subastado– desmantelación.
Del monasterio, además del arco –que conserva las estatuas de los santos Facundo y Primitivo, y de los reyes Alfonso III y Alfonso VI; y el escudo real–, han ‘sobrevivido’ fundamentalmente la llamada Torre del reloj –del siglo XIX–; y la capilla de San Benito –o de San Mancio–, del siglo XII.