24/05/2026
 Actualizado a 24/05/2026
Guardar

La palabra griega Moira significa ‘destino’ o ‘porción’, refiriéndose a la cantidad de existencia que  le corresponde a cada mortal en el devenir del mundo. En la mitología griega esa decisión la tomaban las Moiras. Ellas decidían lo que cada hombre tendría, o no, a lo largo de su vida, incluyendo su inicio y final. Todo estaba en manos de un trío de mujeres hieráticas y severas, de semblante imperturbable, unas veces representadas como tres viejas hilanderas y otras, como tres apacibles damas: una doncella, una matrona y una anciana. Cloto portando una rueca, Láquesis con una vara, una pluma o un globo terráqueo y Átropos con unas tijeras o una balanza.  Las temibles hijas de Zeus urdiendo, uno por uno, destinos humanos.

Una hora y media da para hacer muchas cosas. Sobre todo, cuando no haces nada porque no tienes opción de hacerlo, salvo mirar compulsivamente, en un baile continuo de ojos, del papelito con punta de flecha que tienes en la mano  a la pantalla pendiendo del aire, esperando que aparezca el código que te representa. MDT028 no iba a pedirles nada. Solo pretendía entrar en la aplicación del banco como hizo siempre, ahora cerrada con un letrero muy grande que dice «Activar…». Un nuevo producto que no está dispuesta a activar porque ni siquiera utiliza los que tiene. Solo era eso. Pero sigue esperando junto a los seis desconocidos, que cada vez lo son menos, y las Moiras en sus mesas, sin agobio alguno, que su jefe conoce a los del G20 y nosotros somos simples mortales con un código asignado. La sensación empeora por momentos. Los humanos parecen más pequeños y cabizbajos, el silencio es más espeso y el enfado se ha hecho sólido, pero nadie dice nada. 

Ha pasado media hora. La Moira de la rueca te pregunta qué deseas y te manda esperar a que la Moira de la vara decida tu destino. Ya sin mirar el papelito que te identifica ni la pantalla colgante, buscas allí mismo cómo explicar la estampa de aquella sala. La encuentras en un texto del investigador Joaquín Alcañiz, sobre la deshumanización, basándose en las relaciones entre personas y animales. Aunque ellos no sean humanos se sigue el mismo proceso, sobre todo con los animales de granja que acaban en nuestros platos. Primero  se minimiza su importancia, se les restan sentimientos, capacidades o emociones que atribuimos a nuestras mascotas, pero se las negamos a ellos para que la mente acepte matar a una gallina sin remordimientos, mientras besamos al perro. Ese es el método.  

Eso inspiran seis  personas estabuladas en un recinto, sin atreverse a protestar por la hora de espera y sin que nadie les advierta de que no hay línea. Parecen amedrentados y hasta más viejos que cuando llegaron, sintiéndose inútiles e impotentes, incapaces de hacer lo que hicieron siempre, cuando no había tantos ‘avances’. No nos dimos cuenta de cómo nos fueron restando capacidades, negando sentimientos, cerrando puertas con claves, nosotros que somos tan de portón de madera, cerrojo y llave. Lo iban llamando avance mientras nos hacían retroceder como personas, incapacitándonos para hacer lo que siempre hicimos por nosotros mismos. Transferir dinero al hijo o a la cuñada que quedó viuda allá en el pueblo y, aunque no lo diga, multiplica los panes y los peces. No se puede llamar avance a lo que dificulta la vida, ni llamarse evolución un sistema que merma al hombre, deshumanizándolo como a los animales de granja, bloqueando sus pasos con claves, para después teledirigirlo y justificar la manipulación y el dominio sobre él.  Primero tenían que convertirnos en inútiles.

No puede llamarse avance a que una persona sea incapaz de administrar su vida, porque no todo el mundo quiere reinventarse cada día, ser competitivo y acelerar para que el futuro no le adelante por la derecha. No todo el mundo quiere ni puede conocer una tecnología que no tiene intención de utilizar nunca. MDT028 sigue apoyada en la pared. Ha pasado hora y cuarto. Las Moiras han decidido por ti sin vara, ni rueca, ni tijeras. Hay que descargar la aplicación con sus nuevos productos si o si, que para eso los han creado, pero «vuelva usted mañana» que hoy no tenemos línea. Y a pesar de todo, esa es la única frase que te alegra el día porque a esas horas ya venderías tu alma al diablo por salir de allí, deseando que haya llovido y encontrar un charco. Y nos llaman nostálgicos a los que lamentamos el cierre de los negocios de toda la vida, en los que te miran a los ojos, te dan los buenos días y tú decides lo que compras.

Dicen que la primera vez que el hombre tuvo conciencia de sí mismo fue al verse reflejado en un charco. Ojalá esta locura frene y se busque un equilibrio entre tecnología, avance y respeto al ser humano. Esperemos que, para convivir con nuevos tipos de inteligencia artificial, no pretendan que renunciemos a la nuestra. Una visita al banco puede ser tan traumática que, aunque nos hayan asfaltado el mundo, MDT028 necesitó urgentemente encontrar un charco para asomarse y comprobar que seguía siendo humana.

Lo más leído