Hubo un momento en que la música dejó de ser música para convertirse en artes escénicas; en pequeños circos ambulantes con un plantel de bailarines tan amplio como el de una función de ballet y unos músicos tan metidos en el papel como para tornarse intérpretes. En esos circos, si no es por las inmensas pantallas, es difícil ubicar al «cabeza de cartel» por tratarse la suya de una hiperproducción tan costosa como la de una ópera –seguro que más–, acompañada siempre de unas luces tan histriónicas como el ruido de los bafles.Fue en ese momento, fruto de la enajenación consecuente de la contaminación lumínica y acústica, cuando dejamos de hablar de conciertos y empezamos a hablar de espectáculos.
La dichosa transición han sabido aprovecharla bien las orquestas, que intentan presumir de sus teatrillos originales sin tener una sola canción original. Hay algunas que, de más alto caché, echan mano de sus numeritos, de sus trapecistas y su atrezo desmedido al estilo ‘Stranger things’, para disimular que ninguno de los temas de su repertorio dura más de treinta segundos. Tampoco es que sean ajenos a ese universo que ahora lo determina todo; a ese laberinto infinito al que sabemos cuándo entramos pero no cuándo salimos cuando usamos el Tiktok. O el tiktok de Facebook. O el de YouTube. O el de Instagram. La atención por sus derroteros dura lo mismo –quizá menos– que una canción de orquesta moderna.
Pero León es así y los leoneses un poco borregos. Por eso, el otro día en la lejana explanada, no cabía ni un alfiler. Por eso, cuando me vi debatiéndome entre quedarme y disfrutar del sinsentido o marchar, caí en la cuenta de que la más borrega era yo por someterme a tal cantidad de estímulos sin estar acostumbrada al vaivén de ninguna red social.
Quizá fue que la cerveza no hizo el efecto esperado y, en otras circunstancias más beodas, me lo hubiera pasado bien. Eso o que he terminado por convertirme en una de esas personas que afirma haber nacido en una época que no le corresponde y que, francamente, a mí me suelen caer bien. Pero lo peor vino al día siguiente, aletargada por una resaca que tampoco tenía mucho sentido, cuando reparé en que, en los últimos tres años, en tres lugares distintos de la provincia de León, me había sometido en tres ocasiones diferentes a la hiperbólica actuación de la orquesta aquí descrita.
Fue en ese momento cuando concluí que su misión será entretenernos, pero la mía, a partir de ahora, es no volver a ver nunca más un espectáculo de La Misión.