Hasta dentro de unas horas no estaremos en campaña electoral aunque dudo que ustedes noten entonces la más mínima diferencia pues llevamos ya semanas, algunos meses, muchos dirían que años atropellados por la política de la campaña perpetua. Dijo una vez el magnate norteamericano de la prensa William Randolph Hearst que «un político hará cualquier cosa por conservar su puesto. Incluso se convertirá en un patriota». Y en esas estamos en España, en la metamorfosis del patriotismo ya sea en la competición de las banderas en la que andan enfrascados el centro y la derecha; o en los requisitos para considerarse constitucionalista que son la nueva entelequia arrojadiza para tensar cordones sanitarios. Que hasta Podemos ha presentado su programa electoral en forma de Constitución Española y quién sabe si obliga a prometerla o jurarla a todos sus candidatos.
La consecuencia de estar siempre en campaña es que a uno se le deben acabar los argumentos para criticar a los rivales por muchas que sean sus faltas. Pregunten si no a Pablo Casado que no ha visitado la RAE pero sí el diccionario. Fue meritorio (lingüísticamente hablando) el catálogo de veintiún insultos que le dedicó a Pedro Sánchez durante la crisis del relator para Cataluña. Después de aquella ostentosidad de la dialéctica del agravio no le ha quedado otra que subir un escalón más, y nadie sabe lo alto que es la escalera de la crispación, para acusarle directamente de preferir «las manos manchadas de sangre». Esta escalada de tensión digna de un encuentro bilateral entre Trump y Kim Jong-un es un juego realmente peligroso. La sociedad, a pesar de su desconexión general con el debate diario de los políticos, asume por ósmosis la violencia verbal y la agresividad lingüística en la que han colocado la precampaña y seguro protagonizará la campaña. Luego vienen los lamentos, los abucheos y las agresiones.
En Castilla y León no nos gusta tanto eso de sacar a pasear las banderas, al menos la nuestra de la comunidad autónoma que todavía escuece en algunos territorios. Tan solo las ondean en Villalar el 23 de abril, esa fiesta de todos a la que solo van unos pocos. Por eso, aquí la pugna anda enfrascada en otro concepto igual de subjetivo y de emocional, el de la lealtad. La campaña va pendular en la lealtad con el medio rural, con la caza, con la industria, o con los jóvenes obligados a emigrar. En este campo embarrado lanzó la primera pedrada el secretario general de los socialistas de Castilla y León. Luis Tudanca llamó «miserable desleal» a la todavía Consejera de Economía y candidata del PP al Ayuntamiento de Valladolid, Pilar del Olmo, por su crítica al Gobierno de Sánchez sobre la solución definitiva para Made de Medina del Campo. «Miserable desleal», todavía en precampaña y con los nervios controlados. Lo que nos espera. Es la misma estrategia de Casado, que abandona la crítica política (y las propuestas) para zambullirse en la descalificación personal. «Sinvergüenza y mentiroso»,esas lindezas se han regalado en tuiter la candidata al Congreso del PP Isabel García Tejerina y el alcalde de Valladolid esta misma semana.
¡Cómo evoluciona la política hacia el camorrismo de discoteca! Recuerden que en 2015 el expresidente Mariano Rajoy se rasgó las vestiduras y voló todos los puentes con Pedro Sánchez porque en un debate televisado le dijo aquello de «Usted no es decente». Casi un piropo en tierra de felones, traidores, ególatras, incapaces, irresponsables, mentirosos, ridículos, mediocres, incompetentes, sinvergüenzas y miserables desleales. Los votos de las elecciones generales del 28 de abril se van a ganar golpeando a las vísceras. Dicen las encuestas que hay un treinta por ciento de indecisos, que puede que hasta el mismo día no escojan papeleta. Y ese último impulso, casi eléctrico, casi irracional; no se gana con propuestas.
Miserable desleal
11/04/2019
Actualizado a
16/09/2019
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