Imagen Juan María García Campal

Mis compatriotas

25/05/2016
 Actualizado a 09/09/2019
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Ignoro si usted ya sabe que a mí los patriotismos, y no digamos los patrioterismos, me causan una especie de sarpullido neuronal que afecta seriamente a mi intelección, mermándola más aún, si cabe. Que cabe, y mucho. Pero así es, no puedo remediar esta dicha, que no dolencia, ni ganas que tengo. Es ver cualquier tipo de exaltación patriótica y entrarme unas terribles ganas de embarcar rumbo a… a Apatridia. Quizás sea por este gusto por las letras –a pagar mayormente– o por ser muy poco dado a toda química que vaya más allá de la estrictamente corpórea o a que, de lo poco que estudié de tan importante ciencia, tan sólo recuerde el «hecho interesante en la química de la controversia internacional, de que en el punto de contacto de dos patriotismos, el plomo se precipita en grandes cantidades» que aprendí del amargo Bierce. Y no es que, como bien diría Hermann Hesse, reniegue yo del patriotismo, que también, sino que por lo primero que me tengo, lo primero que soy, de lo que más clara conciencia mantengo es de ser humano y, cuando ambas cosas son incompatibles, pues siempre le doy la razón al ser humano.

Eran éstas, lecciones que, sin olvidar, casi no recordaba y que han vuelto, cual bulbos estacionales, a florecer en mi memoria merced a la contemplación de la marcha fascista que hubo el pasado sábado en Madrid protagonizada por los neonazis de Hogar social Madrid y que la delegada del gobierno, cegada por el fenómeno futbolístico estelar que no por afinidades, no prohibió, aun cuando bien debía saber de qué iba el desfile, aplicando la ley del embudo. No crean, no es que no haya mal que por bien no venga, que ni falta que hace y menos en este caso, sino que uno procura no dejarse abatir por tan lamentable viaje en el tiempo de las calles capitalinas, por este furúnculo social creciente y combatirlo con la palabra y el humor y «defender la alegría como una trinchera/… de la miseria y los miserables/… de los ingenuos y de los canallas/… defender la alegría como un principio…» que cantara Benedetti y así celebrar otros gratos descubrimientos que su racista, xenófoba y homófoba exhibición me propiciaron.

Sí, ya ven, yo, descreído de patrias, acabé descubriendo a compatriotas alrededor de tan triste y deplorable espectáculo. Los descubrí en Lagarde, el chico rumano que les enfrentó su pancarta de cartón; en el joven que solo, desde la acera, los condenó en silencio y puño en alto; en David y Gregor que ejercieron ante ellos la libertad del beso, del beso reparador.

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