Eran éstas, lecciones que, sin olvidar, casi no recordaba y que han vuelto, cual bulbos estacionales, a florecer en mi memoria merced a la contemplación de la marcha fascista que hubo el pasado sábado en Madrid protagonizada por los neonazis de Hogar social Madrid y que la delegada del gobierno, cegada por el fenómeno futbolístico estelar que no por afinidades, no prohibió, aun cuando bien debía saber de qué iba el desfile, aplicando la ley del embudo. No crean, no es que no haya mal que por bien no venga, que ni falta que hace y menos en este caso, sino que uno procura no dejarse abatir por tan lamentable viaje en el tiempo de las calles capitalinas, por este furúnculo social creciente y combatirlo con la palabra y el humor y «defender la alegría como una trinchera/… de la miseria y los miserables/… de los ingenuos y de los canallas/… defender la alegría como un principio…» que cantara Benedetti y así celebrar otros gratos descubrimientos que su racista, xenófoba y homófoba exhibición me propiciaron.
Sí, ya ven, yo, descreído de patrias, acabé descubriendo a compatriotas alrededor de tan triste y deplorable espectáculo. Los descubrí en Lagarde, el chico rumano que les enfrentó su pancarta de cartón; en el joven que solo, desde la acera, los condenó en silencio y puño en alto; en David y Gregor que ejercieron ante ellos la libertad del beso, del beso reparador.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.