Allá por 2002 el grupo Revólver sacaba al mercado la canción ‘Odio’, en la que su cantante, Carlos Goñi, enumeraba todo aquello que odiaba. No quiero pecar de listillo, pero no entiendo cómo no se les ocurrió poner de fondo esta canción mientras se presentaba la herramienta Huella del Odio y la Polarización (HODIO), que ha provocado, aún sin estar activa, parabienes, críticas y mofas.
Que las redes sociales están infectadas de odio es indudable, pero este sentimiento no solo está presente en el mundo digital, sino que en la vida real cada vez gana más espacio, incluido en el Congreso de los Diputados. Me surgen no pocas dudas cuando quienes son parte del problema quieren convertirse también en la solución. Que el odio haya ganado cada vez más terreno al respeto y a la tolerancia tiene su origen en varios factores, pero uno de ellos es el papel de gran parte de nuestra clase política, que trata a sus oponentes como verdaderos enemigos e infunde en sus votantes la repulsa y el odio hacia el contrario. Ojalá me equivoque, pero me temo que esta herramienta se va a convertir en un arma arrojadiza entre ideologías y, si no, al tiempo.
Nadie puede negar que el odio es un problema en nuestra sociedad y que desde todos los ámbitos posibles hay que tomar medidas para erradicarlo al máximo, pero lo que no acabo de entender es qué va a ofrecer de diferente Hodio respecto a plataformas y observatorios, vinculados principalmente al mundo universitario, que llevan años trabajando en identificar los patrones y tendencias relacionadas con el odio. Sin ir más lejos, en Castilla y León la Universidad de Salamanca cuenta con el Observatorio de los Contenidos Audiovisuales (OCA), cuyas múltiples investigaciones se centran en estudiar el odio en las redes sociales. Por lo tanto, ¿no sería más sensato que desde el Gobierno se dotara económicamente con más ayudas a estos grupos de trabajo ya existentes para que así puedan desarrollar mejor su trabajo y, lo más importante, de manera independiente y sin que nadie pueda alegar conflictos de intereses?
A los intentos de los gobiernos de toda índole de instaurar el Ministerio de la Verdad ahora llega el Ministerio del Odio. Y los problemas que subyacen a esta estrategia son los mismos: es muy peligroso que un Gobierno, independientemente de su ideología, sea quien determine, según sus criterios, lo que es verdad y lo que es odio, porque no podemos olvidarnos nunca de que el primer objetivo de un político es permanecer en el poder y, ya saben, en la tan desvirtuada y emputecida política el fin justifica los medios.